El viernes comenzamos hablando de un hombre que buscaba paz para su alma, y que cambió no solo su alma, sino la fe cristiana, el cristianismo y la historia de la iglesia, de Europa y del mundo. Hablamos de esos 3 momentos crisis que se dieron en su vida cada 5 años y que empiezan por la letra R:
- 1505: El rayo y la promesa de ingresar en el monasterio.
- 1510: Viaje peregrinación a Roma, que le espantó.
- 1515: Abre el libro de Romanos y se topa con el evangelio de verdad.
Y acabamos con esa famosa escena de Lutero y el martillo que puso “patas arriba” todo, cuando clavó las 95 tesis en la puerta de la catedral de Wittenberg (Alemania) el día 31 de octubre de1517, festividad de todos los santos, ya que ese lugar era, de alguna manera, el tablón de anuncios de la ciudad. Y ese celo de Martín Lutero por el evangelio me recordó al Apóstol Pablo.
Pablo era capaz de adaptarse por amor a las personas.
- En 1 Corintios 9, Pablo nos enseña que se hizo siervo sin dejar de ser libre, se hizo como los de fuera sin abandonar la verdad y se hizo débil sin renunciar a su firmeza. Estaba dispuesto a renunciar a sus derechos, adaptar sus costumbres y hacerse cercano a todos con tal de ganar a algunos para Cristo.
- En Hechos 21 lo vemos llevando ese principio a la práctica: acepta participar en un rito de purificación para evitar un conflicto innecesario con los creyentes judíos.
Pablo estaba dispuesto a ceder en sus derechos, a cambiar sus métodos, a adaptarse a las personas pero jamás a negociar la verdad, a adulterar el Evangelio. Había una línea roja que Pablo jamás estaba dispuesto a cruzar: la verdad del Evangelio. Por eso, cuando algunos pretendieron añadir requisitos humanos a la salvación y alterar el mensaje de la gracia, Pablo escribió a los Gálatas unas palabras estremecedoras:
Gálatas 1:8-9 “ Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema (maldito, condenado). Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.”
EVANGELIO + ALGO = NADA
EVANGELIO + NADA = TODO
¡Qué contundencia! Pablo llega a decir que ni siquiera un Apóstol como él, ni siquiera un ángel del cielo, tiene autoridad para cambiar el Evangelio recibido. ¿Por qué? Porque el Evangelio NO le pertenece a ningún hombre.
NO nos pertenece para modificarlo a nuestro gusto. Nos ha sido confiado para proclamarlo con fidelidad. Podemos cambiar la forma de acercarnos a las personas, pero nunca podemos cambiar el mensaje que necesitan escuchar. NO tenemos ese derecho.
- Tienes que decirle al que está afuera que están perdidos en sus delitos y sus pecados. ¿Eso le gusta? NO, nada
- Tienes que decirle al de afuera que NO hay solución en nada que hagan, en la religión o en sus esfuerzos, sino solo en Cristo. ¿Les gusta eso? No, nada. Tampoco.
- Tienes que decirle a esas personas de fuera que si mueren sin Cristo, van derechos a una eternidad de sufrimiento en el infierno. ¿Eso le gusta a la gente? NO
Lo siento, pero NO tenemos ni existe otro evangelio. El Evangelio es Poder de Dios para todo aquel que cree. No lo inventó Pablo. NO lo creó ni inventó la Iglesia Católica de Roma ni Lutero y NO puede modificarlo ninguna institución. El Evangelio pertenece a Dios, porque anuncia lo que Dios ha hecho por nosotros mediante Jesucristo.
El Apóstol Pablo podía ceder en sus derechos, renunciar a sus privilegios. Podía haber vivido y ser sostenido de la iglesia pero trabajó, o hacerse siervo de todos. Pero cuando estaba en juego la salvación por gracia, mediante la fe en Cristo, NO cedía ni un milímetro. Es más, al que dicen que es el primer Papa, el Apóstol Pedro, se lo explicó delante de todos. Lo confrontó. Parafraseando:
“¡Pedro, tú que has sido liberado de la ley por la gracia del evangelio, ¿cómo te atreves a imponer a otros las cadenas de las que Cristo te ha liberado a tí?”
Durante la Reforma Protestante, ayer mismo hizo exactamente 509 años, NO estaba Pablo, pero SÍ estaba en juego el mensaje del Evangelio. Volviendo a la Reforma, al año 1517.
¿Sabéis qué dijo el Papa de aquella época, Leon X, acerca de las 95 tesis que Lutero colgó en la puerta de la Iglesia donde daba clases, 2 años después ésto?
“No es más que un monje alemán borracho, mañana se la pasará”
- La religión del hombre o el Mensaje del Evangelio.
- El Poder del hombre o la Gracia de Dios.
- La mentira del hombre o la verdad de Dios
Intentaron que se detractara, le amedrentaron, persiguieron, amenazaron…
En 1520, El Papa hizo una Bula papal para declararlo hereje y excomulgarlo. Se llamaba “Exsurge Domine” por las primeras palabras de ese texto:
“Levantate Señor, hay un jabalí salvaje en tu viña (en alusión a Martín Lutero)… Levántate Pablo, Levántate Pedro…” Y nombra a los apóstoles y padres de la Iglesia,
Cuando se la dieron a Lutero, ¿Sabéis qué hizo? la quemó en la hoguera. Ya NO había marcha atrás. Al año siguiente, en 1521, fue citado a la famosa DIETA DE WORMS.
Era un Concilio Imperial presidido por el Emperador del Imperio Sacro Romano Germánico, Carlos V, así como 80 príncipes, 130 condes, embajadores, y la cúpula religiosa de la Iglesia Católica de Roma.
La élite del mundo contra un simple monje. Los poderosos del mundo, contra una persona que llevaba en su mano el mensaje del evangelio. Y detrás de él, el Rey de Reyes.
Desde la ciudad de Wittenberg hasta Worms habían unos 500 km, y tardaron 2 semanas en llegar en su carruaje de 2 ruedas. Lutero, quien gozaba de un salvoconducto, quería un viaje discreto, pero la gente humilde y sencilla del pueblo; los campesinos salían a su paso, gritando y animando. De hecho, a las puertas de Worms, cuando entró Lutero a la ciudad, había unas 2.000 personas. Fue el “Domingo de Ramos de Lutero”, su entrada triunfal.
Entra a ese gran salón, presidido por el Emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico. También estaban los electos Federico «El Sabio» de Sajonia o Joaquín de Brandeburgo, así como los legados papales y arzobispos. NO se le dio oportunidad de debatir o exponer. Fue una auténtica encerrona. Todos contra él. Pero él no estaba solo, y además tenía la verdad.
SÓLO DEBÍA RESPONDER A ESTAS PREGUNTA:
«HERMANO MARTÍN, ¿SON ESTOS TUS ESCRITOS?, ¿TE RETRACTAS DE ELLOS?»

Y la versión romántica o de Hollywood nos dice que inmediatamente dio su famosa respuesta:
“A menos que sea convencido por la Escritura, o por razón evidente, NO puedo. Mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios, y actuar en contra de ella no es justo ni seguro. “
Pero NO. NO fue así. Lutero tenía miedo, estaba muy presionado, y pidió 24 horas para pensar y poder meditar. Si se retracta, falla a la verdad, al Evangelio, pero es perdonado y obtiene el favor del Papa. Si sigue adelante, honra la verdad y al Evangelio, pero es considerado hereje, y morirá ejecutado.
Allí, en ese juicio estaba absolutamente solo, no tenía abogado, y necesitaba una noche a solas con El señor y el Espíritu Santo, los verdaderos consejeros y abogados intercesores.
Pasó una noche en su celda. Fue su getsemaní particular. NO durmió prácticamente. Allí escribió esta poderosa oración:
“Oh, Dios, Todopoderoso Dios y Eterno, cuán espantoso es el mundo. Mira cómo su boca se abre para tragarme y cuán pequeña es mi fe en Ti. Oh, la debilidad de la carne y el poder de Satanás. Si tengo que depender de cualquier fortaleza de este mundo, todo ha terminado. Las campanas han sonado; la sentencia ha sido promulgada. Oh, Dios, oh Dios, oh Tú, Dios mío, ayúdame contra toda la sabiduría de este mundo. Hazlo, te lo suplico. Tú deberías hacer esto, con tu gran poder. Porque la labor no es mía, sino tuya. Yo no tengo nada que hacer. No tengo nada por lo cual contender con estos grandes hombres del mundo. Yo gustosamente pasaría mis días en felicidad y paz, pero la causa es tuya y es justa y eterna, oh Señor. Ayuda, oh fiel e inmutable Dios. No me apoyo en hombre, sería vano. Todo lo que es del hombre se tambalea. Todo que procede del hombre debe fallar. ¡Dios mío, Dios mío!, acaso ¿No me oyes? Dios mío, acaso ¿No vives más? No, tú no puedes morir; Tú no haces más que esconderte. Tú me has elegido para esta labor; yo lo sé. Por tanto, oh Dios, cumple tu propia voluntad y no me abandones por amor de tu amado Hijo, Jesucristo, mi defensa, mi escudo, mi fortaleza. Amén»
Al día siguiente en aquella sala, son cerca de las 16 horas, se ve diferente, parece diferente. Salió un gato, ahora entra un león. Le hacen la misma pregunta:
“Hermano Martín, ¿Te retractas de tus escritos?» Y ahora sí. Ahora sí. Su famosa respuesta fue ésta:
“A menos que sea convencido por la Escritura, o por razón evidente, NO puedo. Mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios, y actuar en contra de ella no es justo ni seguro. No puedo retractarme, Aquí estoy. Que Dios me ayude. Amén”
Dios levantó a un simple y humilde monje alemán para sacar el Evangelio de en medio de la religiosidad y levantarlo en alto. Se adulteró el evangelio, se comercializó con la Gracia de Dios y se prostituyó la Cruz. Dios NO lo permitió.
Ahora vayamos a un versículo, bueno, concretamente a medio versículo para ver el glorioso evangelio que defendió Pablo, que defendió Lutero y que estamos obligados a defenderlo y a proclamarlo nosotros. Es nuestro legado heredado de ellos y que debemos pasar a la siguiente generación.
Isaías 45:21b “(…) Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí”
He aquí el gran dilema del Evangelio, la gran tensión: ¿Cómo puede Dios ser justo y, al mismo tiempo, salvar al pecador?
Si Dios es justo, debe castigar el pecado, y por consiguiente, al pecador. Debe aplastarlo y aniquilarlo. NO puede llamar bueno a lo malo ni declarar inocente al culpable.
Ezequiel 18 dice ”El alma que pecare, morirá”, Romanos 6:23 dice que «la paga del pecado es….muerte”
Si es Salvador, quiere rescatar al pecador.
- ¿Cómo puede ser ambas y NO contradecirse?
- ¿Cómo puede perdonar al culpable sin dejar de ser justo?
- ¿Cómo ser justo y misericordioso?
- ¿Acaso tiene que sacrificar su justicia para manifestar su misericordia?
La respuesta está en la cruz. Allí, Dios no ignoró nuestro pecado ni rebajó su justicia: NO hizo como Pedro Sánchez con los golpistas del Process que hizo un indulto. Dios castigó el pecado en su propio Hijo. Cristo recibió el juicio que merecíamos nosotros, para que nosotros pudiéramos recibir la salvación que solo Él puede ofrecernos.
En la cruz, la justicia de Dios no fue sacrificada o pasada por alto para salvarnos; fue satisfecha para poder salvarnos. Dios fue justo, solo que no aplicó Su Justicia con nosotros. El Juez ocupó nuestro lugar. El Justo murió por los injustos. Jesús nos sustituyó. La cruz es la respuesta de Dios al dilema del pecador: Dios sigue siendo JUSTO y, en Cristo, es nuestro SALVADOR.
Eso es el evangelio, el Poder de Dios Y durante siglos fue ocultándose, tapándose, fue oscureciéndose.
Y la Cruz de Cristo fue tapada:
- Tradiciones humanas
- Ritualismo y liturgia
- La mediación sacerdotal, con sus confesiones y absoluciones.
- Los sacramentos
- La veneración de María
- La invocación e intercesión de los santos
- El purgatorio
- Las indulgencias
- Las obras y los méritos humanos para obtener y ganarse la salvación

Hasta Hasta que la Palabra de Dios volvió a abrirse y resonó con fuerza estos 2 versículos: «¡Consumado es!» y «El justo por la fe vivirá.«
La Reforma NO inventó el Evangelio. Volvió a proclamar que el pecador no puede comprar su salvación, ni merecerla ni conquistarla: Cristo la ganó en la cruz.
Y ese Evangelio se resume en las CINCO SOLAS: solamente la Escritura, solamente por gracia, solamente por fe, solamente Cristo y solamente a Dios la gloria. Vamos a contemplarlas, para después regresar a aquella noche y terminar donde debe terminar toda predicación cristiana: en Jesucristo.
1.- SOLA SCRIPTURA — SOLAMENTE LA ESCRITURA
La primera cuestión es la autoridad. ¿Quién tiene la última palabra sobre nuestra fe y nuestra relación con Dios?
2ª Timoteo 3:16-17 “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.
La Escritura es la autoridad suprema para la fe y la vida cristianas. Eso no significa que rechacemos toda tradición, todo concilio o toda enseñanza de la Iglesia. Significa que ninguna autoridad humana es infalible ni puede colocarse por encima de la Palabra de Dios.
- Las tradiciones pueden ayudarnos.
- Los maestros pueden enseñarnos.
- Los pastores pueden orientarnos.
- Los concilios pueden formular declaraciones doctrinales importantes.
Pero todos ellos deben ser examinados a la luz de las Escrituras. La pregunta no es solamente si una enseñanza es antigua, si resulta popular o si la sostiene una autoridad respetada, si la dice tu predicador favorito o tu denominación la cree.
Hoy hay reuniones de avivamiento, y vemos a muchas iglesias que ponen las paredes negras, luces, humos, conciertos de música, disfraces. Y yo estoy de acuerdo en que necesitamos un avivamiento, urgentemente. Dios avivando la Obra en medio de Su Pueblo. A todos esos pastores de las luces y las músicas les invitaría a leer el libro de Nehemías.
Nehemías convocó al Pueblo, ¿Para qué? Para abrir y leer la Palabra. ¿Sabes qué sucedió? Pasadas unas horas, el Pueblo de Dios lloraba. Se leyó la Biblia, y Dios habló al Pueblo en el Poder del Espíritu, y entonces se produjo un avivamiento espiritual, y hubo compromiso, consagración, fruto… NO hay avivamiento posible sin abrir la Palabra de Dios
2.- SOLA GRATIA — SOLAMENTE POR GRACIA
La segunda cuestión es el origen de nuestra salvación: ¿Por qué puede salvarnos Dios?
- ¿Porque somos suficientemente buenos?
- ¿Porque hemos hecho suficientes obras?
- ¿Porque nuestra vida religiosa supera la de otras personas?
Vivimos en una sociedad que nos enseña que todo se consigue por méritos, esfuerzo y resultados. Y ese pensamiento también se ha infiltrado en algunas iglesias. Parece que Dios nos ama más cuando oramos más, que nos acepta mejor cuando hacemos más, que su favor depende de nuestro rendimiento espiritual. Pero la Biblia nos recuerda que la salvación no es un salario que Dios paga al trabajador, sino un regalo que Dios concede al pecador que no puede salvarse a sí mismo.
Efesios 2:8-9 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.
La gracia significa que Dios concede gratuitamente lo que nosotros NO podemos tener, obtener ni merecer. ¡No subiremos al cielo por la escalera de nuestros méritos; Dios tuvo que descender hasta nosotros por medio de Jesucristo, y ÉL nos extiende la manos para llevarnos a ÉL!
La salvación NO es la recompensa de los buenos, sino el regalo de la gracia para pecadores que necesitan un Salvador. Si la salvación dependiera de nuestra perfección, nadie podría salvarse. Si dependiera de nuestros méritos, nunca podríamos estar seguros de haber hecho lo suficiente. Pero la gracia dirige nuestra mirada hacia Dios.
3.- SOLA FIDE — SOLAMENTE POR FE
Si la salvación es por gracia, ¿cómo la recibimos? Romanos 3:28 “«Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley». “
La fe es la confianza por la que recibimos a Cristo y descansamos en su obra. Imaginemos a un hombre que se está ahogando. Le arrojan un salvavidas. Él puede conocer su forma, tamaño o color. Puede saber cómo funciona e incluso explicar perfectamente por qué puede ayudarlo. Pero ese conocimiento no lo salva mientras permanezca separado de aquello que necesita. Tiene que aferrarse al salvavidas. Cuando el carcelero de Filipos preguntó qué debía hacer para ser salvo, Pablo y Silas no le entregaron una lista de méritos que debía acumular.
Hechos 16:31 «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo»
4.- SOLUS CHRISTUS — SOLAMENTE CRISTO
Llegamos al epicentro. La Escritura nos revela la salvación. La gracia es su fuente. La fe es el medio por el que la recibimos. Pero ¿quién nos salva?
Hechos 4:12 “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”
No existe otro Salvador que pueda ocupar su lugar. Ninguna persona puede añadir méritos a la obra redentora de Cristo para completar una salvación que Él hubiera dejado incompleta.
Cristo vivió en perfecta obediencia al Padre. Murió por nuestros pecados. Fue sepultado y resucitó al tercer día. En ÉL encontramos el fundamento de nuestra reconciliación con Dios. Esto significa que no podemos presentarnos delante de Dios diciendo: «Mira cuánto he hecho por ti, Señor». Nuestra esperanza debe ser otra: «Señor, ten misericordia de mí. No tengo justicia propia con la que presentarme delante de ti. Mi esperanza está en Jesucristo»
Imagina que ahora tenemos a un cristiano, un judío y un musulmán frente a nosotros, y les hacemos la misma pregunta a los 3: SI MUERES AHORA MISMO, ¿IRÍAS AL CIELO?

- MUSULMÁN; Te diría que ama al Corán, que ha seguido fielmente a Alá y los mandatos de Mahoma, que hace los 5 rezos diarios, que da limosna, ha ayunado, ha practicado el Ramadán, y que incluso fue una vez a la Meca, en Arabia Saudí….en definitiva, te diría que él cree ser un hombre justo, pero NO está seguro ni tiene la certeza plena de su salvación.
- JUDÍO; Te diría que ama el Tanak (AT hebreo), que sigue los minuciosos preceptos de la Ley, que ama a Moisés, Abraham y David, que fue circuncidado, que guarda el Sabbath, celebra la pascua judía. En definitiva, se considera justo.
- CRISTIANO; Te diría que fue concebido en pecado (Salmo 51:5), que es el más horrible pecador depravado de todos, que ha fallado a Dios, y además, lo hace cada día, que merece realmente el infierno, pero que sabe con total y plena seguridad que estará en el Cielo.
Parece contraproducente, algo ilógico. El Musulmán y el Judío dicen ser justos por ellos mismos, y dignos merecedores del cielo, creen habérselo ganado, pero en cambio el Cristiano que habla de su miserable e indigna vida, de su nefasta condición depravada y pecaminosa, afirma con total seguridad que estará en el Cielo.
¿Qué crees que contestaría el Cristiano?
«YO IRÉ AL CIELO, SÍ, PERO NO POR MIS MÉRITOS NI POR MIS OBRAS, SINO POR LOS MÉRITOS Y LAS OBRAS DE UNO QUE VIVIÓ UNA VIDA PERFECTA, JUSTA Y OBEDIENTE, Y SE ENTREGÓ Y MURIÓ POR MÍ. SE LLAMA JESUCRISTO, DONDE ÉL ESTÉ, ALLÍ ESTARÉ YO CON ÉL»
Esa respuesta es el corazón mismo del evangelio.
5.- SOLI DEO GLORIA — SOLAMENTE A DIOS LA GLORIA
Si la salvación procede de la gracia de Dios, se recibe por la fe y descansa en Cristo, ¿quién merece la gloria?
Romanos 11:36 “Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén. “
- Nadie puede presumir de haber comprado u obtenido su salvación.
- Nadie puede reclamar que Dios le debe la vida eterna, ni siquiera un 0,01%
- Nadie puede colocarse ante el Señor como si la salvación fuera el premio a su superioridad moral.
- Toda la gloria pertenece a Dios.
Hace unas tres semanas me tocó trabajar un viernes por la noche de patrulla. Aquella noche, Las Torres de Cotillas se había engalanado, se había vestido de gala. Banderas, vallas, luces y grandes lonas adornaban toda la Calle Mayor. Mientras patrullaba, fui leyendo algunos de los mensajes que colgaban por las calles: «Estrella de la mañana», «Puerta del cielo», «Llena de gracia», «Celestial», «Protectora», «Madre del cielo»…
Y alrededor de las doce de la noche llegó la Virgen de la Fuensanta, trasladada en una especie de vehículo blindado, un «papamóvil». Muchísima gente había salido a recibirla. La aclamaban, le lanzaban besos y aplaudían a su paso. La Escritura es contundente. En Isaías 42:8, el Señor declara:
«Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas».
¡Dios NO comparte su gloria con nadie!
Salmo 24:7-10 “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria.
Imagina ahora esa misma escena que te he descrito, pero llevado al cielo, con gozo, júbilo, conmoción: NO hablamos de una calle engalanada, de banderas, de luces ni de una multitud que sale a recibir una imagen. Puertas celestiales, levanten sus dinteles, ensanchense, abran paso al Rey de Gloria
“¿Quién es este Rey de gloria? “
¿Quién se atreve a hablarle a estas puertas que nadie jamás atravesó, que nadie jamás pudo ponerse de pie ante ellas, ni menos aún mirarlas…? ¿Quién es este que entra con la cabeza erguida, sin temor, sin rival y sin nadie que pueda disputarle su autoridad?
Y la respuesta retumba con autoridad:
«Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla».
¡Abrid las puertas! ¡Que entre el Rey de gloria! Y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos, Él es el Rey de la gloria”
¡Él es el Rey! ¡No comparte su trono! ¡No entrega su gloria! ¡No tiene rival, no tiene sucesor y no necesita que ningún hombre engrandezca su majestad!. Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. ¡Soli Deo Gloria! ¡Solo a Dios la gloria, por los siglos de los siglos! Amén.
Hermanos, Es mi mayor deseo que cuando salgas por la puerta, vayas pensando en tu mente y en tu corazón en Cristo. En quién es Él, en lo que Él ha hecho por tí. NO pienses en el predicador, en la alabanza que ha estado genial y preciosa o en el Pastor. Piensa en Jesús. Juan el Bautista comprendió perfectamente cuál debía ser su lugar cuando dijo acerca de Jesús:
«Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Juan 3:30).
1.500 años antes de Lutero hubo otro Reformador, el gran y Perfecto Reformador, que también tuvo un momento a solas, de oración antes de comparecer ante el gran juicio. Y quiero que volvamos por un momento a aquella noche en Worms. Mientras pienso en aquella noche de Lutero, mi mente se dirige a otra noche. Una noche que cambiaría no solamente la historia de la Iglesia, sino el destino eterno de todo aquel que cree. Y del que no cree también. No pienses ahora en Worms, sino en Getsemaní.
Allí encontramos a Jesús apartado para orar. La hora se acercaba. Judas venía a entregarlo. Sus discípulos no conseguían mantenerse despiertos. El arresto, los golpes, la humillación y la cruz estaban delante de Él. Y Jesús oró:
«Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mateo 26:39).
¡Detente un momento y contempla esta escena!
- Lutero tenía delante un tribunal humano. Jesús sabía que se encaminaba hacia la cruz, al juicio de Dios.
- Lutero se enfrentaba a la posibilidad de morir por defender el Evangelio. Jesús iba a entregar su vida para realizar la obra que hace posible el Evangelio.
Y no podemos reducir la angustia de Jesús al miedo humano ante la muerte. La copa que tenía delante estaba vinculada al juicio que iba a soportar al cargar con nuestros pecados. Jesús no estaba pagando por su propia culpa. Era el Hijo santo y eterno de Dios, sin pecado, que se entregaba por pecadores como tú y como yo.
- Lutero podía defender la verdad, pero no podía salvarnos. Jesús vino a consumar la obra de nuestra redención. Vino a salvarnos.
- Lutero podía proclamar que la salvación es por gracia, pero NO podía pagar nuestra deuda.
- Podía defender la suficiencia de Cristo, pero NO podía ocupar su lugar.
¡Porque Lutero también necesitaba un Salvador! Jesús, en cambio, siguió adelante, sometiéndose a la voluntad del Padre. Fue arrestado, torturado, escupido, burlado, juzgado, sentenciado, crucificado y sepultado. Pero al tercer día resucitó.Y esta es la secuencia:
- Cristo en Getsemaní.
- Cristo en el Calvario.
- Cristo resucitado.
- Cristo en el Trono
Y aquí está la diferencia que debemos comprender: Lutero defendió el Evangelio; Jesucristo es quien hizo posible nuestra salvación. ÉL es el mismo evangelio
Por eso, NO podemos terminar este mensaje exaltando a un monje alemán. No podemos terminar presumiendo de una tradición protestante. Ni siquiera podemos terminar felicitándonos por haber comprendido las cinco solas. Tenemos que terminar mirando a la cruz.
Porque allí contemplamos la gravedad de nuestro pecado y, al mismo tiempo, la grandeza de la gracia de Dios. Allí vemos que nuestros méritos no podían salvarnos, que nuestras obras no podían pagar nuestra deuda y que nuestra religión no podía reconciliarnos con Dios. Necesitábamos un Salvador. Y Dios nos ha dado a Jesucristo. Por eso quiero hacerte una pregunta que va mucho más allá de Martín Lutero, de Worms y de la Reforma: ¿En qué estás poniendo tu confianza para presentarte delante de Dios?
Quizá llevas años intentando ser una buena persona. Quizá piensas que Dios te aceptará porque no eres tan malo como otros. Quizá confías en tu familia cristiana, en tus costumbres religiosas, en tu asistencia a la iglesia o en las buenas obras que has realizado. Pero ninguna de esas cosas puede quitar tu pecado. No necesitas simplemente aprender más religión. No necesitas convertirte en una versión mejorada de ti mismo. Necesitas ser reconciliado con Dios. Necesitas un Salvador.
Y el Evangelio te trae ese Salvador glorioso. Te anuncia que Jesucristo vivió sin pecado, murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día. Por eso, deja de confiar en tus méritos y pon tu confianza en Él. Arrepiéntete de tus pecados y cree en Jesucristo. No puedes comprar el perdón. No puedes merecer la gracia. No puedes salvarte a ti mismo. Pero puedes acudir a Cristo, confiando en su obra y no en la tuya.
Y si ya has puesto tu confianza en Él, vive para su gloria. No para comprar su amor, sino porque has sido alcanzado por su gracia. Quiero que recuerdes las cinco solas, pero no como cinco frases para repetir de memoria.
- Sola Scriptura: nuestra autoridad no es la palabra del hombre, sino la Palabra de Dios.
- Sola Gratia: no somos salvos por nuestros méritos, ni nuestras mejores y más sublimes obras, sino por la gracia de Dios.
- Sola fide: recibimos por la fe, la salvación que no podemos ganar con nuestras obras.
- Solus Christus: no existe otro Salvador; nuestra esperanza está en Jesucristo. Sólo en ÉL. ÉL es Suficiente
- Soli Deo gloria: porque la salvación procede de Dios, toda la gloria pertenece a Dios.
Y ahora, al terminar, vuelvo a pensar en aquella noche de Worms y en aquella noche de Getsemaní.
- Un hombre temblaba ante lo que podía sucederle por defender el Evangelio.
- El Hijo de Dios tembló, sudó sangre al pensar que tenía que sufrir el juicio no de los romanos o del Sanedrín judio, sino de Su padre y tener que separase y ser aplastado por ÉL
No confundamos al mensajero con el Salvador. No confundamos al reformador con el Redentor. No confundamos la defensa del Evangelio con la obra que Cristo realizó para hacer posible nuestra salvación. Lutero fue un instrumento. Jesucristo es el Salvador. ÉL es el mismo evangelio.
Y mi mayor deseo es que, cuando salgas por esa puerta, no te marches admirando solamente a Lutero, recordando solamente la Reforma o pensando solamente en lo que has escuchado hoy. Quiero que te marches pensando en Jesús. En su santidad, en su obediencia, en su cruz, en su resurrección y en su gracia para con los pecadores. Porque, al final, no se trata de cuánto podemos ofrecerle a Dios para comprar su favor. Se trata de lo que Dios ha hecho por nosotros en su Hijo.
- No se trata de presumir de una religión.
- No se trata de confiar en nuestros méritos.
- No se trata de levantar el nombre de un hombre.
¡Se trata de Jesucristo, crucificado y resucitado, el único Salvador de los pecadores!
- Que nuestra confianza descanse en Él.
- Que nuestra esperanza esté puesta en Él.
- Que nuestra vida sea para Él.
Y que toda la gloria pertenezca solamente a Dios. Porque por encima de Lutero está Cristo. Por encima de nuestras obras está la gracia. Por encima de toda gloria humana está la gloria de Dios.
Y por encima de todo, la cruz de Jesucristo, donde el Salvador entregó su vida por los pecadores. Allí, en el Calvario, no contemplamos simplemente a un hombre inocente, a un buen hombre, a un maestro víctima de una injusticia. Contemplamos al Hijo de Dios entregándose por pecadores. Allí, el perfecto, el único que no conoció pecado murió por nosotros, para que nosotros pudiéramos ser reconciliados con Dios.
Y cuando todo parecía terminado, cuando su cuerpo fue depositado en un sepulcro y una piedra cerró la entrada, la muerte no pudo retenerlo. ¡Al tercer día resucitó!
Getsemaní no fue el final. Gólgota o el Monte Calvario NO fue el final. ¡El sepulcro quedó vacío!
Y Jesucristo, el crucificado y resucitado, está exaltado y reina.
¡Ese es el centro de nuestra fe! ¡Ese es el corazón del Evangelio! ¡Ese es el Salvador que anunciamos!
Por eso, iglesia, escúchame bien: la Reforma NO nos llama a admirar a Martín Lutero. Nos llama a volver a la Palabra de Dios y a contemplar de nuevo la suficiencia de Jesucristo.
- Porque podemos conocer la historia de la Reforma y no haber comprendido todavía nuestra necesidad de salvación.
- Podemos repetir las 5 solas y seguir confiando, en el fondo de nuestro corazón, en nuestros propios méritos.
- Podemos defender la doctrina de la gracia y vivir como si Dios nos debiera algo.
- Podemos hablar de la cruz y no habernos arrepentido de nuestros pecados.
¡Y de nada nos servirá tener razón en nuestras discusiones teológicas o religiosas si nunca hemos depositado nuestra confianza en Jesucristo!
Por eso, hoy la pregunta no es solamente qué hizo Lutero en Worms. La pregunta es: ¿Qué vas a hacer tú con Jesucristo?

- ¿En qué estás poniendo tu confianza para presentarte delante de Dios?
- ¿En tus buenas obras? ¿En tu moralidad?
- ¿En que vienes a la iglesia?
- ¿En que naciste en una familia cristiana?
- ¿En que conoces la Biblia, sabes teología o puedes explicar las cinco solas?
Mira lo que ha costado tener el mensaje del Evangelio otra vez ante nuestros ojos con su brillantez y esplendor. ¿Qué vas hacer tú con el Mensaje del Evangelio? No puedes presentarte delante del Dios santo y exigir que te acepte porque te consideras mejor que los demás.
La Escritura declara que todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios. ¡Tú necesitas la gracia tanto como yo! ¡Necesitas el perdón tanto como cualquier otro pecador! ¡Y necesitas a Jesucristo, porque fuera de Él no hay salvación!
Pero escucha también la buena noticia: Dios no nos ha dejado abandonados bajo la condenación. El Padre envió al Hijo. Jesucristo vivió la vida justa que nosotros no hemos vivido, murió por nuestros pecados y resucitó victorioso sobre la muerte.
La salvación no es una recompensa para quienes consiguen ser suficientemente buenos. Es el regalo de Dios para pecadores que, arrepentidos, ponen su fe en Jesucristo. Por eso, si hasta hoy has confiado en tus méritos, abandona esa confianza. Si has utilizado la religión para tranquilizar tu conciencia sin rendirte verdaderamente a Cristo, arrepiéntete.
Si conoces las palabras del Evangelio, pero nunca has acudido a Jesús como tu única esperanza, no te conformes con conocerlas. ¡Ven a Cristo!
No mañana. No cuando creas que eres suficientemente bueno. No cuando hayas arreglado por tus propios medios todos los errores de tu vida.
¡Ven a Él tal como eres, arrepentido de tus pecados, reconociendo que no puedes salvarte y confiando únicamente en su obra!
No pongas tu confianza en la fuerza de tu arrepentimiento, en la calidad de tu fe o en la cantidad de tus buenas obras. Ponla en Jesucristo: en su muerte por los pecadores, en su resurrección y en la promesa de salvación que Dios hace a quienes creen en Él. Y si ya eres suyo, entonces vive a la altura de esa gracia. No para comprar el amor de Dios, sino porque Él te amó primero. No para ganar tu salvación, sino porque has sido salvado para vivir para su gloria.
Iglesia, ¡no hemos sido llamados a conservar una tradición, sino a proclamar a Cristo! No hemos sido llamados a levantar el nombre de un predicador o reformador, sino a anunciar al único que puede rescatar al pecador de la condenación.
- Que nuestra predicación no aparte los ojos de la cruz.
- Que nuestra adoración no desplace a Cristo del centro.
- Que nuestra teología no se convierta en orgullo.
Y que nuestra vida entera proclame que no tenemos otra esperanza que Jesucristo, y este crucificado.
Sal hoy de aquí pensando en el Hijo de Dios que te amó y se entregó por los pecadores:
- Mira a Cristo en Getsemaní, obedeciendo al Padre.
- Mira a Cristo en el Calvario, llevando nuestros pecados y gritando: ¡Consumado es!
- Mira a Cristo resucitado, vencedor de la muerte para ofrecerte vida eterna
- Y mira a Cristo exaltado, el Señor ante quien toda rodilla se doblará.
¡Sola Scriptura! ¡Sola gratia! ¡Sola fide! ¡Solus Christus! ¡Soli Deo gloria!
- Solamente la Escritura.
- Solamente por gracia.
- Solamente por fe.
- Solamente Cristo.
- Solamente a Dios la gloria.
¡A nuestro Dios y Salvador Jesucristo sea toda la gloria, ahora y por los siglos de los siglos!. Amén.

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