Bienvenidos hoy, pero NO estás aquí por casualidad. Déjame decirte algo: si has mentido, has robado, si has caído, si has blasfemado y es honrado a Dios, si eres orgulloso, adúltero o borracho, si has corrido lejos de Dios… Éste es tu lugar. Si te sientes sucio, roto o indigno… Éste es tu día. Porque el Dios que te creó te está buscando, y hoy te habla directamente al corazón. ÉL te llama, te busca y desea alcanzarte y abrazarte
¿QUÉ ES UNA PARÁBOLA?
Una parábola no es solo un relato bonito ni una fábula moral. Es una historia humana con un mensaje celestial, un espejo terrenal donde se reflejan las verdades del Reino de Dios. Pero hay algo profundamente misterioso en ellas: las parábolas son una bendición para los humildes, y una barrera para los incrédulos. Para el corazón dispuesto, revelan los secretos de Dios; pero para el corazón endurecido, los ocultan aún más. Por eso Jesús dijo:
“Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden” (Mateo 13:13).
En otras palabras, la misma luz que ilumina a unos, ciega a otros. La parábola prueba el corazón del oyente: no todos los que la oyen la entienden, pero todos los que la entienden, jamás vuelven a ser los mismos. Hoy voy a hablaros de una historia que ha conmovido al mundo entero. Una historia que no envejece, que atraviesa los siglos y que sigue tocando el alma como el primer día. Una parábola tan sencilla que hasta un niño puede entenderla… y tan profunda que ni el más sabio puede agotarla. Es la historia donde la miseria humana se encuentra con la misericordia divina, donde la culpa se transforma en abrazo, y donde un pecador que se pierde descubre que el amor del Padre nunca se fue. Se ha dicho de ella que es la mejor historia breve jamás escrita, una gema del Evangelio, un diamante que refleja cada rayo de la gracia de Dios. No es solo una parábola… es el corazón del Evangelio latiendo en palabras. Es la reina de las parábolas.
VAYAMOS AL CAPÍTULO 15 DEL EVANGELIO DE LUCAS
Jesús encamina la recta final de Su Vida Terrenal; y, en el anterior capítulo (Lc. 14), acaba de hacer una fuerte exigencia y demanda para seguirlo como discípulos suyo, donde se nos manda a renunciar y subordinarlo todo en pos de ÉL, y a hacernos morir a nosotros cada día para seguirlo.
NUESTRO COMPROMISO CON CRISTO DEBE ESTAR POR ENCIMA DE TODO Y DE TODOS
Inmediatamente, ya en Lucas 15 podemos ver claramente 2 grupos, 2 realidades completamente opuestas en un clima de tensión, enfrentamiento y conflicto. 1.- Por un lado, los PUBLICANOS y PECADORES —los marginados, los rechazados, los que nadie quería ver ni tocar. Eran los traidores de la patria, los que vendían a su propio pueblo por unas monedas, los que habían sido expulsados de la sinagoga y borrados de la lista de los “dignos”. A ojos de la sociedad, eran basura; a ojos de Dios, eran almas por rescatar. Eran los prostituidos, los delincuentes, los fracasados, los que vivían fuera de todo decoro religioso. Los que no encajaban en los templos, pero sí en los brazos de Jesús. 2.- Y por el otro lado estaban los FARISEOS y ESCRIBAS, los guardianes de la moral, los campeones de la apariencia, los que creían que el cielo les debía un lugar, que eran merecedores de él. Minuciosos en la Ley, impecables por fuera, pero ciegos y vacíos por dentro. Tan “puros” que no querían contaminarse con nadie, tan “santos” que se creían fuera del alcance del arrepentimiento. ¡Y allí está Jesús! En medio de ambos mundos. Atrayendo a lo mejor y a lo peor de la sociedad. Los que se acercan para oírle, y los que se quedan murmurando, tratando de acusarle. Unos con hambre de gracia, otros con soberbia religiosa. Y mientras ellos murmuran, se quejan y señalan a Jesús diciendo:
“Éste recibe a los pecadores y con ellos come…”
Jesús responde con 3 parábolas. Las 2 primeras, que trata de una oveja y una moneda, se destaca que van a buscar lo perdido. En la 3ª, que es la que veremos hoy, el padre NO sale o no va a buscarlo. ÉL no solo vino a salvar al perdido. Vino a buscarlo, a ir tras ellos. Te hablo de la parábola, conocida por todos, como el hijo pródigo.
I.- EL HIJO REBELDE: LEJOS DEL PADRE (vv. 11–16)
Ilustración: Hace unos años, mi hijo Thiago que tenía 3 años se perdió por unos minutos en el centro comercial Espacio Mediterráneo de Cartagena. Solo fueron unos pocos minutos… pero para mí, esos minutos fueron eternos. Mi corazón se aceleró, mi respiración se cortó, y sentí un miedo profundo que me paralizó. Recorrí pasillo tras pasillo, llamando su nombre, preguntando a todo el mundo, buscando en cada rincón… y no lo encontraba. Mientras tanto, él estaba solo, confundido, asustado, sin entender realmente dónde estaba ni qué pasaba. Al final apareció de la mano de una trabajadora de Alcampo. Cuando me vio… su rostro se iluminó, corrió hacia mí y me abrazó con todas sus fuerzas. Ese abrazo… ¡oh, hermanos! Me recordó el corazón de nuestro Padre celestial: NO importa cuán lejos hayas ido, no importa cuánto tiempo hayas estado perdido, Él ya te está buscando y corre hacia ti con amor. Esa es la imagen perfecta del hijo pródigo y del Padre que corre: no importa lo lejos que estés, Dios ya te ha visto y te corre a recibir.
“También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.”
La historia comienza con un golpe directo al corazón. Con una petición egoísta, deshonrosa, irrespetuosa, vergonzosa y humillante. El hijo menor se acerca a su padre y le pide lo impensable. Según la ley, el patrimonio debía dividirse en tres partes: dos para el hijo mayor y una para el menor (Deuteronomio 21:17). Pero lo escandaloso no era la cantidad… era el momento. El hijo pide su herencia mientras su padre aún vive. Y en una cultura donde el respeto al padre era sagrado, aquello equivalía a una blasfemia familiar. ¿Sabéis lo que realmente estaba diciendo con esas palabras? Estaba diciendo:
“Padre, no me importas tú. Me importan tus cosas.” “No quiero tu compañía, quiero tu dinero.” “No quiero tu presencia, quiero tu patrimonio.” “En mi corazón… ya estás muerto.”
En una sola frase, el hijo mata al padre en su alma. Le da la espalda al amor, rompe el vínculo del hogar, y escoge el camino del egoísmo y del pecado. Pasa de estar en la casa junto a su padre, para ir buscando una falsa libertad. La provincia lejana no está tanto en un mapa, sino en el corazón que dice “yo me basto solo, por mí mismo” Y cuántos hoy siguen diciendo lo mismo, con otras palabras…
- “Dios, quiero tus bendiciones, pero no quiero tu voluntad.”
- “Quiero tu ayuda, pero no quiero tu señorío.”
- “Quiero tu cielo, tu corona… pero no quiero tu cruz.”
- “Quiero y me beneficio de tu gracia común… pero no me pidas que te siga, ni que crea o confíe en tí. Yo soy y seré el amo y señor de mi vida”
Este hijo tenía una opinión muy elevada de sí mismo y de su suficiencia. El pecado comienza cuando el hombre quiere los dones de Dios, pero no a Dios mismo, el dador de los dones. A partir de ese momento, comienza la caída. Una decadencia lenta, pero segura.
- El hijo que quiso libertad, ahora se encadena a su propio deseo.
- El que exigió independencia, termina siendo esclavo de sí mismo.
Primero vino el egoísmo, luego la separación, después la inmoralidad… y al final, el vacío. Ese es el recorrido del pecado. Cada paso lejos del padre fue un paso más cerca del abismo: Rebeldía, libertinaje, paganismo… el hijo se hunde más y más, hasta tocar fondo. Arruinado y perdido, con hambre, sucio, miserable. Y allí, en lo más bajo, aparece la imagen más humillante que un judío podía imaginar. Aquel joven, hijo de una casa noble, termina cuidando cerdos, el animal más impuro según la Ley (Levítico 11:7). Ningún judío aceptaría jamás ese trabajo. ¡Y no sólo eso! Llega a desear la comida de los cerdos.
De tenerlo todo en casa junto a su padre, a no tener nada ni a nadie. Mira hasta dónde puede llevarte el pecado: promete libertad… y termina robándote la dignidad. Ofrece placer… y acaba dejándote vacío. Te da lo que quieres… pero te quita lo que eres. Hay una frase que una vez leí y que dice así:
“El diablo te invita a una fiesta… pero nunca te muestra la factura”
El pecado no sólo lo alejó del padre, lo desfiguró. Le quitó el dinero, pero sobre todo le robó la identidad. Ya no era hijo en casa, sino esclavo en el barro, rodeado de cerdos. Esto representa lo que hay fuera de la casa del Padre. Fuera de la Presencia de Dios. Fuera del amparo de Su gracia. Allí afuera hay aparente libertad, pero cadenas invisibles. Hay mujeres de todo tipo, y todo tipo de placeres, sensualidad y libertinaje total y absoluto,drogas, alcohol, dinero fácil, malas influencias o influencers que llenan los teléfonos de mentiras, abuso de poder, fiestas y todo tipo de diversión, libertinaje en el sexo… Pero no hay paz, ni propósito, ni esperanza. ¿Estás dispuesto a sacrificar el plan y la voluntad de Dios para tu vida, por cuatro tonterías que te ofrece este mundo, sabiendo que lo vas a pagar muy muy caro? ¿Crees que exagero? Te aseguro que no. Lo veo cada día
- 11 personas se quitan la vida cada día en España. El otro día una niña de 14 años en Sevilla. 1 cada 2 horas. En el mundo, 3.000… 1.000.000 al año. Como si toda la Región de Murcia desapareciera cada 12 meses, consumida por la desesperanza.
- Más de 105.000 divorcios al año.
- Más de 95.000 abortos, y la gran mayoría sin causa médica. Casi 300 abortos diarios. Mientras predico, ya han sido asesinados 10 niños no nacidos en el vientre de su madre
¿Creemos o pensamos que el hijo pródigo sólo es una historia antigua sin más? Vivimos en una sociedad que llama libertad a lo que destruye, amor a lo que degrada, y progreso a lo que desintegra el alma. Te quiere quitar, usurpar y robar la verdad (la Biblia) y te dice que hagas lo que quieras. Eso te lleva a la destrucción. Estamos viendo hijos que odian a sus padres, padres que abandonan a sus hijos, matrimonios rotos, valores derrumbados, y una generación que se ha ido lejos de la casa del Padre. Pero hay una buena noticia: Aunque el hijo se aleje, el Padre no deja de esperar. Aunque el mundo se hunda, la gracia sigue de pie. Y mientras haya un Dios en el cielo, siempre habrá esperanza para el que quiera volver a casa.
II.- EL HIJO ARREPENTIDO: DE REGRESO AL PADRE (vv. 17–20a)
“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre…”
El hijo llegó al final del camino. Ya no había máscaras, ni amigos, ni fiestas, ya no había mas placeres momentáneos, más drogas ni más carnalidad. Solo ruina, soledad, miseria y hambre. Tenía dos opciones:
- morir o volver.
- Rendirse o arrepentirse.
- Abandonar o levantarse.
Y eligió la mejor decisión de su vida. Eligió volver al Padre. Antes de volver a casa, debe volver en sí. Y ese es el ministerio y la obra del Espíritu Santo quien trae convicción de pecado. Es el primer milagro del Evangelio, que ocurre cuando el pecador “vuelve en sí”, porque el arrepentimiento no comienza en los labios, comienza en el corazón. No es una emoción pasajera, es un cambio de dirección. Es reconocer:
“He pecado contra el cielo y contra Ti.”
Aquí hay un pecador, sí… Pero, sobre todo, hay un corazón quebrantado. Aquí hay ruina, pero también hay redención. Aquí hay lágrimas, pero también esperanza. Porque cuando un pecador se arrepiente de verdad, el cielo se abre y el Padre corre. Y lo que el pecado destruyó… la gracia lo reconstruye. Se arrepintió tanto, que incluso ensayaba el discurso que le daría al Padre:
«Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros».
Esta es una clase magistral de teología acerca de la doctrina del arrepentimiento. Arrepentimiento NO es limpiar tus manos…es volver a los brazos de Dios. No es una emoción, es una dirección: Dios. Él sabe que no es digno de estar nuevamente en casa de su padre, reconoce su pecado, actúa obra, decide regresar con a cabeza baja. Muchos se quedan en el versículo 18 (“me levantaré… e iré…”) pero nunca llegan al 20 (“Y levantándose fue a su padre…”). El arrepentimiento genuino, de verdad implica acción.
- Zaqueo se arrepintió de robar al pueblo y vendió todo para devolverlo
- Y este hijo menor decide regresar y pedir perdón.
Allá por el año 2012, me di cuenta que vivía y caminaba contra Dios. ÉL me alcanzó y me dio vida, entonces entendí mi pecado, mi realidad, y lo que antes me gustaba, amaba y disfrutaba, ahora resulta que lo detestaba porque eso no agradaba al Señor.
III. EL PADRE MISERICORDIOSO QUE CORRE A RECIBIR Y ABRAZAR (vv. 20b–24)
“Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” «Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.”
Hace apenas unos 15 días, Tal Kuperstein, un hombre israelí que había quedado paralítico tras un accidente de tráfico años antes, cumplió una promesa que había hecho a su hijo Bar: levantarse de su silla de ruedas para abrazarlo cuando regresara. Bar había sido secuestrado por Hamás el 7 de octubre de 2023, y tras 738 días de cautiverio, fue liberado. Durante todo ese tiempo, Tal entrenó incansablemente para recuperar la movilidad y poder recibir a su hijo de pie. Cuando Bar regresó a casa, liberado del secuestro de Hamás, Tal, el padre, se levantó de su silla de ruedas y lo abrazó entre lágrimas, cumpliendo su promesa y demostrando un amor incondicional y una fe inquebrantable. Al igual que el padre de Bar Kuperstein, el padre del hijo pródigo no solo esperaba el regreso de su hijo, sino que estaba preparado para recibirlo con los brazos abiertos, sin importar el tiempo que hubiera pasado ni las circunstancias que lo separaron. Este acto de amor y restauración refleja el corazón de Dios hacia nosotros: siempre dispuesto a perdonarnos y acogernos, sin importar cuán lejos hayamos estado No creo que fuera casualidad. No fue suerte ni coincidencia que el Padre lo viera a lo lejos, cuando todavía estaba en el camino hacia casa. Creo más bien que el Padre no dejaba de mirar. Cada día, cada momento, levantaba la vista hacia el horizonte. Cada amanecer, su corazón vigilaba el sendero, preguntándose:
“¿Volverá hoy mi hijo?”
Cada tarde, miraba por la ventana, no con impaciencia, sino con esperanza. Oró mucho por ese momento. Padres, oren por sus hijos.
- Si ESTAN en los caminos del Señor, oren por ellos
- Si SE ALEJARON, oren por ellos.
Trata de ser cómo la madre o abuela de Timoteo, Eunice y Loida, que llevaron a Timoteo a la fe. NO seas como el sacerdote Elí que descuido a sus hijos.
Cada noche, su corazón no se dormía, porque el amor verdadero siempre está atento, siempre esperando el regreso del perdido. El hijo pensaba que se había ido para siempre… pero el Padre ya estaba corriendo hacia él, mucho antes de que él siquiera lo imaginara. Imagina la aldea. La gente observa desde lejos. Allí camina el hijo menor: apestoso, cabizbajo, mugriento, esquelético, con olor a cerdo, caminando lentamente hacia casa, preparado para pedir perdón y aceptar ser un jornalero. Y entonces sucede lo más inaudito, lo que nadie esperaba: el padre lo ve a lo lejos… y corre. Hermano, Dios corre más rápido que tu pecado. ¡Sí! Corre hacia su hijo! Esto era impensable e inaudito. En aquella sociedad, los hombres no corrían. Era cuestión de honor, dignidad… ¡y vergüenza pública! Para correr, debía remangarse la túnica, enseñar las piernas, exponerse al juicio y la burla de todos. Pero al padre no le importó nada. Nada de vergüenza, nada de miradas ni murmullos. Su corazón estaba lleno de gozo, de alegría, de entusiasmo. La gracia corría delante de la vergüenza, delante de la crítica, delante del pecado. El hijo intenta abrir la boca para suplicar:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti… ya no soy digno…”
Pero el padre no lo deja terminar. Antes de que pueda rogar, lo cubre con abrazos y besos efusivos, una y otra vez, por la cabeza, por la cara, delante de todos, como gritando al mundo:
“¡Éste es mi hijo! Lo amo. Lo perdono. Lo recibo completamente.”
¡Eso es GRACIA! ¡Eso es AMOR INCONDICIONAL! El hijo pensó que tendría que suplicar, que tendría que ganarse un lugar como jornalero… pero el padre no esperaba a que él hablara. Él ya sabía lo que necesitaba: ser abrazado, restaurado y celebrado. El Padre no lo recibe con reproche, sino con compasión. NO hubo amonestación, NO hubo juicio ni condenación, NO lo señaló. Y se produce el abrazo que restaura. No espera explicaciones; lo cubre con amor.
Lucas 15:22-23 NTV «¡Rápido!, traigan la mejor túnica que haya en la casa y vístanlo. Consigan un anillo para su dedo y sandalias para sus pies. Maten el ternero que hemos engordado. Tenemos que celebrar con un banquete»
1.- LA MEJOR TÚNICA La mejor ropa era la túnica del Padre, símbolo de aceptación total en la familia. No lo manda a lavarse antes, a pesar de estar sucio y apestoso. ¡Así nos viste Cristo a nosotros!. Antes estábamos como dice Isaías 64:6: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia.” Pero Él nos ha dado SU Manto Perfecto de Justicia (2 Corintios 5:21), nos ha revestido del Nuevo Hombre (Gálatas 3:27).
2.- EL ANILLO: El anillo era el sello de la familia, daba autoridad para actuar en nombre del Padre. Dios nos ha sellado con Su Espíritu Santo (Efesios 1:13-14). Somos propiedad de Dios, con marca oficial de autenticidad y autoridad, y podemos actuar en representación del Padre.
3.- LAS SANDALIAS: Ni los esclavos ni los jornaleros tenían calzado. Darle sandalias al hijo significa dignidad, restauración total, ser reconocido como hijo legítimo. Era hacerle realmente libre. Ha recuperado su posición de hijo, del dueño de la casa, con derechos, honra y pertenencia completa.
4.- LA FIESTA, EL BANQUETE: “¡Rápido! Maten el ternero engordado. ¡Que se celebre un banquete!” La casa se llena de música, alegría, risas y danza. Era una ocasión especial. No hay reproches, no hay culpas, solo celebración por lo perdido que ha sido encontrado, por lo muerto que ha vuelto a la vida. Así es Dios: NO espera que merezcamos su amor, sino que celebra nuestro regreso con gozo inmenso. La Iglesia debe ser un hogar donde se refleja la compasión del Padre, no un sitio lleno de juicios y reglas. Cuando alguien se arrepiente, el cielo celebra: la iglesia también debería hacerlo. Aquí debe venir por la puerta un pecador roto, una persona caída o alguien herido por la vida, y debe ver a la iglesia de brazos abiertos. Una iglesia que no celebra la gracia, ha olvidado el Evangelio.
IV.- EL HIJO RELIGIOSO: EL CORAZÓN QUE RECHAZA LA GRACIA (vv. 25–32)
“ Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.”
El hijo mayor quería la riqueza del Padre, pero no al Padre mismo. Aquí vemos la otra forma de perderse: el orgullo religioso. Uno se alejó “fuera de casa”; el otro se alejó “dentro de casa.” El legalismo no entiende la gracia. Este hijo representaba a los fariseos, quienes se ofenden cuando Jesús recibe a los pecadores. Ellos NO entendían la gracia de Dios porque no conocían a Dios. Obedecía reglas, pero no conocía la gracia.
“Este recibe a los pecadores…y aún más. come con ellos. se sienta con ellos, comparte con ellos…” «Sí, me asocio con ellos, con los pecadores. Esa es mi misión. No he venido por los justos, he venido por ellos»
Por eso vino a por ti y a por mí. Y esa, también, debiera ser nuestra misión. (1) Esto es lo que ÉL hizo: Su Misión.
Lucas 19:10 “El Señor vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”
(2) Y esto es lo que nos pide a nosotros: Nuestra Misión.
2ª Corintios 5:18 “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación…”
Este hijo representa el orgullo («yo soy más que ese y valgo más que ese», la autojustificación («yo me merezco eso») y el legalismo ante Dios frente a Su Gracia (ese no puede recibir una fiesta después de lo que hizo»). Representa las obras para tratar de ganar el favor y el mérito de Dios frente a la Sola fe. El legalismo cierra el corazón a la gracia Este hijo NO entendió su posición o rango de hijo, y por eso le dijo en el versículo 29 “te sirvo”. Tenía una percepción errónea de ser hijo. Lo veía como una esclavitud, y eso es justamente lo opuesto, lo contrario a lo que hace el Espíritu Santo. 
Romanos 8:14-17 “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.
Hermanos, el pecado no siempre está afuera. Puedes estar dentro de la casa, en la misma iglesia, entre los hijos, pero muy lejos del Padre. Puede que no te importe ÉL, sino sus bendiciones, su herencia, sus favores. A veces creemos que merecemos esas bendiciones por nuestra obediencia, por ir a la iglesia domingo tras domingo, mes tras mes, año tras año. Pensamos que Dios nos debe algo, que tenemos derechos ante ÉL, que ÉL tiene obligaciones para con nosotros o que nosotros podemos exigirle algo a ÉL. ¡Pero escuchen bien!. El objetivo primordial de esta parábola no son los pecadores rebeldes de afuera. Esos que están perdidos y caídos, sí, pero Dios ya los está buscando. El verdadero mensaje está para los orgullosos religiosos, los moralistas, los aparentemente justos de dentro que se creen mejores que nadie, dignos del cielo por ellos mismos que están cegados y alejados del Padre. Sí, somos dignos del cielo, pero NO por nosotros mismos, sino por Otro, por Cristo. El pecado más peligroso no siempre es el que se ve, sino el que nos mantiene lejos de Dios, incluso estando “dentro” de su casa. Le dio igual la felicidad y el gozo de su padre, le dio lo mismo la vuelta de su hermano, quien estaba perdido y muerto; es más, se refiere despectivamente a él «este hijo tuyo», NO considerándolo ya ni su hermano; se veía claramente superior a él. Hubo un banquete, una fiesta y ¿Sabes qué? él se quedó fuera porque no quiso entrar. Estaba enojado, resentido, orgulloso, mirando cómo su hermano, que había derrochado todo, era recibido con honra, túnica, anillo, sandalias y banquete. Como hizo con el hijo menor, el padre toma la iniciativa para hablar con él y restaurar la relación Dice el versículo 28 que le padre salió a rogarle que entrase:
“Hijo, tú siempre has estado y por eso lo mío es tuyo, pero tu hermano estaba lejos, fuera, muerto, y hoy está con nosotros, ha regresado, ha vuelto a casa. Es tu hermano, estaba perdido y ha sido hallado”
No seamos como el hijo mayor, duros, orgullosos y resentidos que permanece afuera juzgando. Tengamos compasión por aquellos que un día se fueron, que se alejaron, que caminaron y marcharon lejos del Padre. Cuando regresen, cabizbajos, sucios y necesitados de un abrazo, no los critiquemos ni los condenemos. Gocémonos, celebremos con alegría, porque vuelven al Salvador. Y ÉL se goza y hace fiesta cuando un pegador serpiente y vuelve. Recordemos: el corazón de Dios es gracia, abrazo y fiesta, y así debe ser el nuestro. Tú un día estuviste fuera y regresaste. Ve fuera y llama a otros a regresar a casa.
CONCLUSIÓN
La Biblia NO dice que finalmente entró a ese banquete. Ha quedado un final abierto y ambiguo… Hermanos, en esta parábola te he hablado de 2 hijos, el menor se perdió por su pecado, el mayor por su orgullo, pero aún falta otro. Un tercer hijo. El que narró y contó esta historia, esta parábola. Éste hijo no pidió, no reclamó su herencia, sino que la dejó para venir a buscarnos a nosotros, los pródigos. Gloria a Dios que tenemos el Evangelio
- Cristo no sólo cuenta esta parábola: Él la vive y la cumple.
- Cristo es el Padre que corre a buscar y a abrazar, es el Hijo que regresa y es el Hermano que rescata.
Por eso, esta no es sólo la historia del hijo pródigo, es la historia de Dios corriendo hacia ti. La historia de un Hermano que dejó la casa del Padre, cruzó la distancia infinita entre el Cielo y la Tierra, para buscar a los hijos rebeldes y traerlos de vuelta al hogar. ¿Acaso ÉL no dejó la gloria del cielo para venir a la pocilga de este mundo, y llevarnos de vuelta con ÉL? Ese Hermano Mayor no se quejó de lo que costaba la redención, sino que pagó Él mismo el precio. No dijo: “¿Por qué celebras al pecador?”, sino que dio su vida para hacer posible la fiesta del perdón. Dijo “¡Consumado es!”.
Jesús es el verdadero Hijo obediente, que salió del hogar del Padre para ir a un “país lejano” —este mundo—, para buscar a los hijos perdidos y llevarlos de vuelta al abrazo eterno. Hoy, si estás lejos, si has malgastado tu vida, si has estado dentro pero con el corazón fuera…
- El Padre te mira desde lejos, y desea abrazarte y hacer fiesta
- El Hijo ya corrió hacia ti. Ya ha marcado el camino de vuelta a casa, de regreso. ÉL mismo es el camino (Jm. 14:6)
- El Espíritu Santo te dice: “Vuelve a casa.”. Te lo dice hoy, te lo repite, te exhorta, te trae convicción. Te lleva al camino. Te hace entenderlo todo.
Y cuando llegues a casa, no habrá reproche… habrá fiesta. Porque el Evangelio no termina con un hijo castigado, sino con un banquete en casa del Padre, con los brazos del amor eterno rodeándote y diciéndote:
“Este mi hijo estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.”
No importa cuán lejos hayas ido, cuán roto estés, cuántas veces hayas caído… Dios te ve desde lejos y corre hacia ti. Te abraza, te besa y se goza de felicidad. Hace tiempo una persona totalmente quebrantada le dijo a un famoso evangelista americano del Siglo XIX llamado D. L. Moody en una campaña evangelística «¿Señor, qué debo hacer para ser salvo?» Éste le dijo, «¿Hacer tú? Lo siento, llegas 2000 años tarde, tú NO puedes hacer ya nada, ya está todo hecho» El EVANGELIO nos dice que estamos TODOS equivocados, todos destituidos de la Gloria de Dios, PERO a la misma vez, TODOS amados y llamados a ir a ÉL, al Padre. A regresar de
1.- PARA EL QUE ESTÁ PERDIDO, AFUERA, LEJOS DEL PADRE: El hijo menor nos representa. Quizá hoy estás alejado, viviendo en pecado, buscando placer, dinero o poder en lugar de buscar a Dios. Mira al Padre: está corriendo hacia ti. No importa cuán lejos hayas llegado, no importa lo que hayas hecho, Él te busca, te ama y quiere restaurarte. Hoy es el día de tu arrepentimiento. Hoy puedes volverte a ÉL, reconocer tu pecado y recibir la mejor túnica de su justicia, el anillo de su autoridad y las sandalias de su restauración. No esperes más. ÉL no quiere que seas jornalero, sino hijo amado. Adoptado en Su familia, la familia real y celestial. 2.- PARA EL QUE ESTÁ DENTRO, PERO ATRAPADO EN RELIGIOSIDAD, ORGULLO O LEGALISMO: El hijo mayor nos representa. Quizá tú vas a la iglesia, cumples reglas, te consideras justo.bueno, digno y merecedor por tí mismo, pero tu corazón está frío, resentido o orgulloso. No dejes que tu obediencia se convierta en una barrera que te mantenga fuera del banquete del gozo del Padre. No te quedes afuera cruzado de brazos, criticando al hermano que regresa. El Evangelio no es un listado de reglas, es una relación viva con un Padre que corre, abraza y celebra. Hoy Dios te llama a romper tu rigidez, salir del juicio y abrazar su gracia, porque el Reino no se celebra con legalismo, sino con corazón lleno de amor y gratitud.
- Hoy, el Padre te espera. Entra al banquete y recibe la gracia
- Hoy, la puerta está abierta.
- Hoy, la fiesta ya comenzó… y tu lugar está reservado. Celebra con el Padre
