El domingo pasado tuve que intervenir con un conductor ebrio, que estaba poniendo en grave riesgo su vida, la de su hija y de las demás personas que iban por la carretera. Intentó convencerme de que estaba bien. Intentó aparentar normalidad. Normalizó la situación, alegando que no pasaba nada, que controlaba la situación. Intentó negar la realidad. Pero había un problema: la realidad no cambia porque alguien la niegue. El alcoholímetro no escucha excusas. No acepta disfraces. Simplemente revela la verdad.
Eso mismo ocurre en 1 Reyes 14. Jeroboam sabe que ha pecado. Sabe que está lejos de Dios. Sin embargo, en lugar de arrepentirse, envía a su esposa disfrazada al profeta. Pero antes de que ella llegara, Dios ya sabía quién era. Porque puedes engañar a las personas. Puedes engañarte a ti mismo. Pero nunca podrás engañar a Dios. Jeroboam envió un disfraz. Dios respondió con la verdad.
El alcoholímetro desenmascaró al conductor ebrio, y fue sancionado y detenido; Dios desenmascaró a Jeroboam, y vino juicio.
Para entender 1 Reyes 14 hay que recordar el contexto: Israel ha pasado de su mayor esplendor bajo Salomón a una profunda caída espiritual. Por su idolatría, Dios anunció la división del reino tras su muerte.
- Reino Norte; 10 Tribus capital Samaria. Su rey es Jeroboam, el triste protagonista de este capítulo
- Reino Sur; 2 tribus, capital Jerusalén. Sus reyes son los descendientes de David.
Cuando Salomón muere, Roboam pierde diez tribus que siguen a Jeroboam, dando lugar al reino del norte. Aunque Dios le prometió establecer su casa si obedecía, Jeroboam optó por su propio camino: levantó becerros de oro y creó una religión falsa para asegurar su poder.
En el capítulo 13 ya había sido advertido por Dios, pero no se arrepintió. Ahora, en 1 Reyes 14, esa rebelión llega a su casa: su hijo enferma, y el rey que ignoró a Dios en la prosperidad lo busca en medio del dolor. Si somos sinceros, nosotros hemos acudido al señor muchas veces como Jeroboam, siendo egoistas… Es el escenario donde Dios revela que nadie puede escapar de su justicia ni engañarlo con apariencias.
“Te puse por Rey, te di 10 naciones para guiar a Mi Pueblo, para que me conociera, y los has llevado a ser idólatras y a desviarse de la verdad”
Jeroboam había recibido promesas extraordinarias de Dios.
- Dios le había levantado.
- Dios le había dado un reino.
- Dios le había prometido bendición si obedecía.
Pero Jeroboam tuvo miedo. Miedo a perder el poder. Miedo a perder influencia. Miedo a perder el reino. Y en lugar de confiar en Dios, creó una religión falsa.
O la manera y el Plan de dios, o la manera y el plan de uno. Jeroboam escogió lo segundo.
- Levantó becerros de oro. Uno en Dan, otro en Bethel para adorarlos y arrastrar al pueblo a que adorasen a esas figuras prohibidas, en vez de a Dios
- Cambió el sacerdocio.
- Cambió las fiestas.
- Cambió la adoración.
- Cambió la verdad.
Todo parecía funcionar: Políticamente funcionaba. Socialmente funcionaba. Religiosamente funcionaba. Pero había un problema, Dios lo estaba viendo todo. Y ahora llega el capítulo 14.
Y no comienza con un rey en el trono, comienza con un padre desesperado junto a la cama de un hijo moribundo. Porque Dios tiene maneras muy eficaces de derribar las máscaras que llevamos años construyendo.
¿Os acordáis de la película El Show de Truman de Jim Carrey? Un hombre vive toda su vida dentro de una realidad perfectamente construida. Todo a su alrededor es aparentemente normal:
- Su casa.
- Sus amigos.
- Su trabajo.
- Su ciudad entera.
Pero hay un problema: todo es falso. Sin saberlo, ha sido observado desde que nació, y cada persona a su alrededor es parte de una puesta en escena. Durante años nada parece romper esa ilusión. Hasta que empiezan a ocurrir pequeños fallos.
- Un objeto que no encaja.
- Un comportamiento extraño.
- Una repetición imposible de ignorar.
Y poco a poco, la verdad empieza a abrirse paso. El mundo que parecía sólido se revela como un escenario controlado. Y no importa cuánto haya creído en esa realidad… cuando la verdad aparece, todo se derrumba.
Así funciona el pecado. Puede sostener una apariencia durante años. Puede construir una vida paralela. Pero siempre llega el momento en que la verdad se abre paso. Y en 1 Reyes 14, ese momento ha llegado para Jeroboam.
I.- EL PECADO NOS HACE CREER QUE PODEMOS ESCONDERNOS
Antes, cuando era más pequeño, muchas veces jugaba al escondite con Iker en la casa, siempre solía esconderse detrás de la cortina. Pensaba que estaba bien escondido… pero siempre cometía el mismo error. Dejaba los pies, los zapatos, medio fuera, y por más que él intentaba estar oculto, yo siempre lo veía. No había manera de que aquello funcionara. Y él se sorprendía cuando lo encontraba, como si realmente hubiera desaparecido. Pero no. Estaba allí… solo que mal escondido.
A veces pensamos que podemos escondernos de Dios igual.
- Que basta con disimular un poco.
- Que nadie lo notará.
- Que el pecado puede quedar cubierto “lo suficiente”.
Pero igual que en aquel juego, siempre hay algo que queda fuera. Y delante de Dios, nada pasa desapercibido.
Mateo 10:26 «Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse.»
En 1 Reyes 14, Jeroboam descubre exactamente eso.
1 Reyes 14:1-4 “En aquel tiempo Abías (“su nombre significa mi padre es Jehová”) hijo de Jeroboam cayó enfermo, y dijo Jeroboam a su mujer: Levántate ahora, disfrázate, para que no te conozcan que eres la mujer de Jeroboam, y ve a Silo; porque allá está el profeta Ahías, el que me dijo que yo había de ser rey sobre este pueblo. Y toma en tu mano diez panes, tortas y una vasija de miel, y ve a él, para que te declare lo que ha de ser de este niño. Y la mujer de Jeroboam lo hizo así; se levantó y fue a Silo, y vino a casa de Ahías. Y no podía ya ver Ahías, porque sus ojos se habían oscurecido a causa de su vejez.
«»Ve ahora y disfrázate, para que no conozcan que eres la mujer de Jeroboam…» (v.2)»
En estos versículos comienza la escena con una crisis: Abías, hijo de Jeroboam, el primogénito y el heredero de la corona, cae gravemente enfermo. Por primera vez, el rey que había vivido de espaldas a Dios intenta buscar una respuesta divina. Sin embargo, lo hace desde la misma lógica de siempre: el control, la manipulación y la apariencia.
Jeroboam no ora, no se humilla, no busca a Dios de verdad. No hay arrepentimiento ni búsqueda sincera de Dios. Lo que hace es estrategia. Ordena a su mujer que se disfrace. El objetivo no es acercarse a Dios con sinceridad, sino evitar ser reconocido. Es decir, quiere respuesta divina sin exposición personal, sin rendición, sin verdad.
Incluso intenta “negociar” lo espiritual con una ofrenda de panes, tortas y miel, como si Dios pudiera ser influenciado por gestos religiosos vacíos. Es religión sin obediencia, forma sin transformación.
La mujer va a Silo, al profeta Ahías, el mismo que en el pasado habló en nombre de Dios. Pero el detalle del texto es intencional: Ahías está muy mayor, ciego físicamente. Sin embargo, el relato prepara el contraste: el hombre no ve, pero Dios lo ve todo.
El mensaje es directo: Jeroboam intenta moverse en el engaño, pero entra en una escena donde Dios ya lo tiene todo visto, decidido y expuesto. Observad la ironía. El colmo de lo absurdo, lo ilógico.
- El rey sabe que los becerros que él mismo edificó para adorarlos no pueden ayudarle.
- El rey sabe que los sacerdotes que él mismo levantó no pueden ayudarle.
- El rey sabe que su religión inventada no puede ayudarle en nada.
Por eso busca al profeta verdadero; Pero lo hace sin arrepentirse. Quiere la ayuda de Dios, sin rendirse a Dios. Quiere la bendición, sin obediencia. Quiere alivio, sin arrepentimiento. Y entonces aparece el disfraz. La mascara. El engaño. La artimaña.
La palabra clave es «disfrázate«. Jeroboam intenta ocultar la identidad de su esposa. La estrategia es absurda. Porque intenta engañar precisamente al hombre que habla en nombre de Dios. Al profeta de Dios. No está simplemente escondiéndose del profeta. Está actuando como si pudiera esconderse de Dios mismo.
El corazón humano sigue haciendo exactamente lo mismo. Nos disfrazamos con religiosidad.
- Con servicio.
- Con actividad.
- Con reputación.
- Con conocimiento bíblico.
- Con años de iglesia.
- Con moralidad
- apariencias, máscaras…
Pero Dios no mira la máscara; Dios mira el corazón. El pecado siempre nos lleva a escondernos. El pecado siempre produce máscaras.
- Adán se escondió.
- Saúl se justificó.
- Judas fingió.
- Jeroboam disfraza.
El pecado nos convence de que podemos ocultarnos de Dios. La verdad es que Dios ya nos vio antes de que intentáramos escondernos La gracia siempre nos llama a salir de nuestro escondite.
II.- LA PEOR CEGUERA NO ES LA DE LOS OJOS

Hace un año, aproximadamente, fui a comprar sushi a un local pequeño en Alcantarilla, cerca del camino de los Romanos. Como tenía prisa y no vi aparcamiento, hice lo incorrecto. Subí el coche en la acera, prácticamente las 4 ruedas. Ese día, recuerdo que fue domingo, como hoy, y había predicado en la iglesia, como hoy. ¿Por qué digo esto? Como lo estaba haciendo mal, no quería que nadie pasara por allí, que nadie me viera, que nadie me reconociera. Para mi sorpresa, pasó no uno…Toda una familia que había estado en la iglesia escuchándome por la mañana. Les saludé con la cabeza agachada, porque casi no podían pasar por la acer. Me morí de vergüenza.
1 Reyes 14:5-6 “Mas Jehová había dicho a Ahías: He aquí que la mujer de Jeroboam vendrá a consultarte por su hijo, que está enfermo; así y así le responderás, pues cuando ella viniere, vendrá disfrazada. Cuando Ahías oyó el sonido de sus pies, que entraba por la puerta, dijo: Entra, mujer de Jeroboam. ¿Por qué te finges otra? Pues yo soy enviado a ti con revelación dura.”
Dice la Biblia que todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta El problema no es no ver a Dios. El problema es que Dios sí que nos ve a nosotros.
Antes de que la mujer llegue, el texto deja algo claro: Dios ya lo había revelado todo al Profeta Ahías. No hay sorpresa, no hay improvisación. La escena está completamente bajo control divino. Incluso el disfraz ya había sido expuesto antes de que ella cruzara la puerta. Ahías no podía ver a la mujer, pero Dios ya había visto el corazón de Jeroboam
Cuando entra, el profeta no se deja engañar. Aunque está ciego físicamente, ve con claridad espiritual lo que Jeroboam intentó ocultar. Y la pregunta cae como una sentencia:
“¿Por qué te finges otra?”
No es curiosidad, es denuncia. No es diálogo, es confrontación. El intento de engaño queda desmantelado en el primer segundo.
Y el cierre es definitivo: “revelación dura”. No hay negociación con Dios cuando se ha rechazado su voz repetidamente. Lo que Jeroboam pensó que era una búsqueda, en realidad ya era un juicio anunciado. Aquí encontramos uno de los contrastes más extraordinarios del capítulo.
Jeroboam busca a Dios con mentiras para un beneficio personal, pero Dios ya ha encontrado a Jeroboam para anunciarle juicio.
El Profeta de Dios, Ahías es ya muy anciano, y está físicamente ciego. No puede ver, Sus ojos han dejado de funcionar, Pero ve la realidad espiritual con absoluta claridad.
Jeroboam, por el contrario, tiene una vista perfecta. Puede ver personas. Puede ver montañas. Puede ver caminos. Puede ver ejércitos. Puede verlo todo, Y sin embargo está completamente ciego espiritualmente. El que parecía ciego veía la verdad. El que lo veía todo, estaba perdido.
La ceguera del siervo de Dios, Ahías era física. La de Jeroboam era espiritual. Era eterna.
Antes de que la mujer llegue. Antes de que hable.Antes de que explique nada. Dios ya se lo ha revelado todo al profeta. El ciego ve. Los que tienen ojos no ven.
Es una imagen profundamente bíblica: La peor ceguera no es perder la vista. La peor ceguera es no reconocer nuestro pecado.
- Es posible conocer doctrina y seguir ciego.
- Es posible asistir a la iglesia y seguir ciego.
- Es posible leer la Biblia y seguir ciego.
- Es posible tener ojos sanos y un alma completamente oscurecida.
El Profeta de Dios, Ahías no podía ver el rostro de la mujer. Jeroboam no podía ver el estado de su alma. Y la segunda ceguera era infinitamente más grave. Era peor.
III. DIOS VE LO QUE NADIE MÁS VE

1 Reyes 14:6-16 “Cuando Ahías oyó el sonido de sus pies, que entraba por la puerta, dijo: Entra, mujer de Jeroboam. ¿Por qué te finges otra? Pues yo soy enviado a ti con revelación dura. Ve y di a Jeroboam: Así dijo Jehová Dios de Israel: Por cuanto yo te levanté de en medio del pueblo, y te hice príncipe sobre mi pueblo Israel, y rompí el reino de la casa de David y te lo entregué a ti; y tú no has sido como David mi siervo, que guardó mis mandamientos y anduvo en pos de mí con todo su corazón, haciendo solamente lo recto delante de mis ojos, sino que hiciste lo malo sobre todos los que han sido antes de ti; pues fuiste y te hiciste dioses ajenos e imágenes de fundición para enojarme, y a mí me echaste tras tus espaldas; por tanto, he aquí que yo traigo mal sobre la casa de Jeroboam, y destruiré de Jeroboam todo varón, así al siervo como al libre en Israel; y barreré la posteridad de la casa de Jeroboam como se barre el estiércol, hasta que sea acabada. El que de los de Jeroboam muriere en la ciudad, lo comerán los perros, y el que muriere en el campo lo comerán las aves del cielo; porque Jehová lo ha dicho. Y tú levántate y vete a tu casa; y al poner tu pie en la ciudad, morirá el niño. Y todo Israel lo endechará, y le darán sepultura; porque de los de Jeroboam sólo él será sepultado, por cuanto se ha hallado en él alguna cosa buena delante de Jehová Dios de Israel, en la casa de Jeroboam. Y Jehová se levantará un rey sobre Israel, el cual destruirá la casa de Jeroboam en este día; ¿y qué, si ahora? Jehová sacudirá a Israel al modo que la caña se agita en las aguas; y él arrancará a Israel de esta buena tierra que había dado a sus padres, y los esparcirá más allá del Éufrates, por cuanto han hecho sus imágenes de Asera, enojando a Jehová. Y él entregará a Israel por los pecados de Jeroboam, el cual pecó, y ha hecho pecar a Israel. “
«»En cuanto Ahías oyó el sonido de sus pies…» (v.6)»
La mujer llega disfrazada, Pero Dios ya la estaba esperando. El disfraz y la máscara funciona ante los hombres, nunca ante Dios.
El mensaje es claro: Dios no ha olvidado lo que Jeroboam hizo con lo que recibió, con lo que Él le dio:
- Le dio el reino
- Le dio autoridad
- Le dio oportunidad
Pero él respondió con maldad, con idolatría y desobediencia. No solo pecó él, sino que arrastró a todo Israel. Por eso el juicio es tan fuerte. No es impulsivo, es la consecuencia acumulada de una vida de rechazo a Dios. La casa de Jeroboam será eliminada porque persistió en el pecado sin arrepentimiento. Su maldad superó con creces a la de Saúl o Salomón. En vez de confiar en las promesas de Dios, Jeroboam fabricó su propia religión. Porque siempre es más fácil modificar la adoración que rendir el corazón.
Aunque ese niño, su hijo Abías murió, hay consuelo. Dios le dice: Va a morir, pero va a tener una sepultura honrosa, no como todos los que vinieron después de él que padecieron muertes repentinas o violentas, y ni siquiera fueron sepultados: Los niños son de Dios.
El punto central es este: el pecado nunca es privado ni neutral. Jeroboam “pecó y hizo pecar a Israel”. El liderazgo que se aleja de Dios siempre termina arrastrando a otros consigo. Y el texto cierra con una advertencia nacional: Israel mismo sufrirá sacudida, exilio y pérdida de la tierra. Cuando un pueblo normaliza la idolatría, el juicio deja de ser individual y se vuelve colectivo. El juicio no fue inminente, Dios dejó 200 años. Y en esos 200 años aparecen Elías y Eliseo, pero ningun rey del Norte, ningún sucesor de Jeroboam fue bueno ante los ojos del Señor.
En resumen: Dios juzga con justicia lo que el hombre minimiza, y el pecado no solo destruye al que lo comete, sino también a los que lo siguen. Lo toleran, lo permiten, lo consienten…
En esta sección Dios recuerda todo lo que había hecho por Jeroboam.
- Lo había levantado.
- Lo había escogido.
- Lo había bendecido.
- Pero Jeroboam respondió con idolatría.
El problema no era ignorancia, era rebelión. No necesitaba más información, necesitaba arrepentimiento.
Muchas personas piensan:
«Si Dios me mostrara una señal…»
«Si Dios me hablara…»
«Si Dios hiciera un milagro…»
Jeroboam tuvo más privilegios espirituales que la mayoría de nosotros, y aun así endureció su corazón. El problema nunca fue falta de luz. El problema era amar más las tinieblas. Nada es más peligroso que acostumbrarse a la verdad sin rendirse a ella.Jeroboam intentó disfrazar la verdad, pero Dios no puede ser burlado: lo que el hombre siembra, eso también cosecha.
El apóstol Pablo se lo dice a los Gálatas, y a nosotros en Gálatas 6.7 “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.” En la NVI dice “Cada uno cosecha lo que siembra. “
IV.- CUANDO EL PECADO ES DESCUBIERTO
1 Reyes 14:17-20 “Entonces la mujer de Jeroboam se levantó y se fue, y vino a Tirsa; y cuando ella llegó al umbral de la casa, el niño murió. Y lo sepultaron, y todo Israel lo endechó, conforme a la palabra que Jehová había hablado por medio de su siervo Ahías el profeta. Los demás hechos de Jeroboam, cómo guerreó y cómo reinó, están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel. Los días que reinó Jeroboam fueron veintidós años; y habiendo dormido con sus padres, reinó en su lugar Nadab su hijo. “
La sentencia que Dios había anunciado se cumple exactamente como fue dicha. El hijo de Jeroboam muere en el momento señalado, mostrando que la Palabra de Dios no falla ni se retrasa. El texto subraya el contraste entre la gloria humana y la realidad espiritual: Jeroboam reinó, guerreó y tuvo poder durante años, pero todo queda resumido en una vida marcada por desobediencia y un legado que no trasciende.
NO te dejes llevar ni impresionar por las apariencias ni por lo que nuestros ojos ven. Dios ve mejor, más profundo. Él ve el corazón, y en el cielo habrá muchas sorpresas.
El punto central es claro: la historia de Jeroboam no termina con éxito político, sino con juicio y sustitución. Su hijo muere, su dinastía cae, y su reinado queda reducido a un registro más en las crónicas. En definitiva: cuando Dios habla, su palabra se cumple, y una vida construida sin obediencia termina sin permanencia. En ruina, en condenación, aunque tú aquí veas lujo, comodidad, propsperidad y buena apariencia.
La profecía se cumple exactamente:
- El hijo muere.
- La palabra de Dios permanece.
Lo que Jeroboam ignoró, lo alcanzó. Porque el juicio de Dios no se retrasa… solo llega en su momento.
“Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta.” (Eclesiastés 12:14)
Todos compareceremos delante de Dios.
- Todos.
- Sin disfraces.
- Sin excusas.
- Sin reputación.
- Sin títulos.
- Sin apariencias.
- Sólo nosotros y la verdad.
- Desnudos, desprovistos de excusas
Llegará el día en que todo disfraz caerá. Y todo corazón quedará expuesto.
En Los hermanos Karamázov, una obra maestra de la literatura universal de Dostoyevski, se describe una escena llamada “el Gran Inquisidor”. Jesús aparece en el Siglo XVI Sevilla, en tiempos de la Inquisición, en silencio, haciendo el bien, obrando milagros, sanando, restaurando… La gente lo reconoce, lo sigue, lo aclama, lo ama. Pero la autoridad religiosa lo arresta.
El Gran Inquisidor, el viejo líder religioso de la iglesia, le dice a Cristo algo escalofriante: que el problema del hombre es la libertad. Que el ser humano no quiere realmente seguir a Dios en libertad, sino vivir bajo control, seguridad y orden. Que el hombre que le quite el peso de decidir. En definitiva, quiere una religión (una estructura religiosa), y que, por eso, la religión ha “corregido” a Cristo: ha sustituido su libertad por un sistema que puede manejar al hombre.
¿Sabes qué hace Jesús en esa escena? No dice nada, guarda silencio, no responde. Se acerca al inquisidor, y le besa. Él no discute, Él ama. El Inquisidor lo deja ir, pero le dice: “Nunca vuelvas.”
La religión, la estructura religiosa, y Cristo, y el evangelio nunca son compatibles. Y aquí es donde 1 Reyes 14 encaja con una fuerza tremenda.
Jeroboam hace exactamente eso. No elimina a Dios del todo, pero lo reduce a un sistema religioso de apariencia. Crea su propio culto, sus propias imágenes, su propio sacerdocio. Es religión, pero sin rendición. Es Dios, pero domesticado. Es adoración, pero controlada por el hombre. El Gran Inquisidor en la literatura hace lo que Jeroboam hace en la historia: sustituir el señorío de Dios por un sistema religioso manejable. El Gran Inquisidor, en los hermanos Karamazov, y Jeroboam en la historia, en la Biblia, hacen lo mismo: quieren una religión donde Dios no estorbe el control humano. Eso es absurdo.
Pero 1 Reyes 14 rompe esa ilusión.
Dios no es parte del sistema de Jeroboam. No es un recurso dentro de su política religiosa. Es el Señor sobre todo el sistema. Y cuando habla, desenmascara, juzga y ejecuta su palabra sin ser manipulado.
Y aquí está el contraste final con el evangelio:
En el mundo del Gran Inquisidor y de Jeroboam, el hombre quiere controlar a Dios para vivir sin someterse a Él. Pero en el evangelio ocurre lo contrario: Dios no se deja controlar ni domesticar… sino que en Cristo se entrega libremente, no para ser usado por el hombre, sino para salvar al hombre que no puede salvarse a sí mismo.
Jeroboam intenta usar a Dios sin obedecerle. El evangelio muestra a Dios viniendo al hombre, haciéndose siervo y obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz, para salvarlo, para traerlo de vuelta a casa. Hermanos, en este capítulo aparece una pregunta inevitable:
- Si Dios ve todo…
- Si Dios conoce todo…
- Si Dios descubre todo…
¿QUIÉN PUEDE SER SALVO?

Porque seamos honestos y sinceros: nos parecemos mucho más a Jeroboam de lo que nos gusta reconocer.
- Nos escondemos.
- Disimulamos.
- Fingimos.
- Maquillamos y suavizamos el pecado.
- Construimos imágenes.
- Protegemos reputaciones.
- Intentamos parecer mejores de lo que realmente somos.
Pero Dios ya conoce toda la verdad. Y precisamente ahí aparece la gloria del Evangelio. Porque Jesús es el único hombre que jamás necesitó un disfraz.
- Nunca ocultó nada.
- Nunca engañó a nadie.
- Nunca hubo pecado en Él.
Y sin embargo fue tratado como si hubiera vivido nuestra vida. Para que nosotros pudiéramos ser tratados como si hubiéramos vivido la Suya. En la cruz ocurrió algo extraordinario.
- Toda nuestra culpa fue expuesta.
- Toda nuestra vergüenza fue expuesta.
- Toda nuestra maldad fue expuesta.
Y Cristo la cargó sobre Sí mismo.
- Jeroboam intentó esconder su pecado. Cristo vino a cargar con él.
- Jeroboam envió a otro en su lugar. Cristo fue personalmente al lugar de los culpables: al Gólgota, al monte de la cruz, al juicio de Dios.
- Jeroboam vivió detrás de un disfraz. Cristo murió completamente expuesto.
Y lo que el hombre intentó ocultar, el mal, la verguenza, la culpa y el pecado… Dios lo redimió en la cruz, pagando a precio de Su vida, Su Sangre. Desnudo. Abandonado. Entregado. Sacrificado. Y por eso la pregunta final del sermón no es: ¿Qué pecado escondes?
Sino esta: ¿Qué harás con Aquel que ya conoce toda la verdad sobre ti… y aun así decidió morir por ti?
Porque el Evangelio no es que Dios descubrió nuestro pecado. Eso ya lo sabía. La buena noticia es que, sabiendo exactamente quiénes éramos, Cristo igualmente fue a la cruz.
Y cuando ya no quedan disfraces… cuando ya no quedan excusas… cuando ya no quedan máscaras…
Solo quedan dos opciones:
- O el disfraz… o el Salvador.
- O la máscara… o la cruz.
- O el engaño… o la verdad.
Jesús es la Verdad absoluta. Y la verdad siempre exige una respuesta.

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