¿Por qué Jesús se bautizó? No es una pregunta menor o sin importancia. Si el bautismo de Juan era para arrepentimiento, y Jesús no tenía de qué arrepentirse, entonces ¿qué hace el Justo, el Santo, el Perfecto entrando al agua con los culpables?
- Un río, el Jordán
- Una multitud confesando pecados. Arrepintiéndose de ellos.
- Un profeta, Juan “El Bautista”, llamando a Israel al arrepentimiento. Eso ya es algo chocante, algo radical, polémico y desconcertante, pues ellos eran el pueblo de Abraham, de Isaac y de Jacob. El pueblo de la promesa, del pacto, el pueblo de Dios.
- Y de pronto, Alguien que no debería estar allí entra en la fila.
Juan lo ve, no lo entiende y se resiste a hacerlo El cielo observa… y guarda silencio. Es su momento. Su obra acaba de empezar. Es el inicio de Su vida pública, de Su ministerio.
El bautismo de Jesús es uno de los momentos más desconcertantes de los Evangelios. NO es una anécdota, ni un simple ejemplo moral. Es una declaración pública del Evangelio antes de que Jesús predique un solo sermón. El que es Justo, Santo y sin pecado va al bautismo de arrepentimiento. El Juez se pone en la fila de los culpables. El Hijo eterno se somete voluntariamente. Aquí no vemos primero lo que el hombre debe hacer por Dios, sino lo que Dios hace por el hombre en Cristo
Te voy a poner en contexto: Después del último libro del Antiguo Testamento, Malaquías, hay 400 años de silencio de Dios. NO habla, NO hay voz de Dios ni profecía, pero de repente se abre de nuevo el telón. No lo hace desde el templo ni desde Jerusalén, sino desde el desierto, a través de un hombre vestido como profeta antiguo: Juan el Bautista, con un mensaje duro y confrontador
“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”
Es un mensaje de preparación porque el rey está a punto de irrumpir, de entrar en escena. Y Juan realiza un bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados, dirigido a pecadores confesos: fariseos, publicanos, soldados, gente común.
“El Rey está a punto de aparecer, y NO estáis preparados”
Y es en ese contexto, cuando las multitudes impías, pecadores, que se confiesan culpables, que sucede lo impensable: Jesús, el Rey, aparece. Viene caminando hacia el mismo río donde los pecadores están confesando sus pecados, y se coloca en la fila. ¿Por qué? , ¿Qué estaba pasando? Voy a dar respuesta a través de 3 preguntas que serán los puntos principales de este sermón: ¿Quién es Jesús?, ¿Qué hace Jesús? y ¿Qué logra Jésus?
I. ¿QUIÉN ES JESÚS? (vv. 13–14)
El Justo que se pone en la fila de los injustos
Imagina que mañana llegas a tu trabajo y, al entrar, ves algo que no encaja. Tu jefe —el que tiene despacho propio, el que firma los contratos, el que da las órdenes— está con un cubo y una fregona, limpiando el suelo. Y tú, en cambio, estás sentado en su despacho, frente a su ordenador, con su nombre en la puerta. Te detienes, miras dos veces, porque algo dentro de ti grita: “Esto no debería estar pasando”. No porque limpiar sea indigno, sino porque los roles están completamente invertidos.
Ahora llévalo todavía más lejos. Imagina al rey de España saliendo del palacio, quitándose la chaqueta, arremangándose la camisa y limpiando los baños de una estación pública, mientras tú pasas por allí sin saber dónde mirar, incómodo, pensando: “Esto está mal… él no debería estar aquí”. No porque el trabajo sea poco digno, sino porque no corresponde a quien es.
Eso mismo fue lo que sintió Juan el Bautista cuando vio a Jesús entrar en el Jordán. No pensó: “Qué gesto tan bonito”, ni: “Qué ejemplo tan inspirador”. Pensó exactamente lo contrario: “Esto no es correcto. Yo necesito ser bautizado por ti”. Juan no dudó de quién era Jesús; precisamente por eso se escandalizó. Sabía quién era ÉL, y dijo “es el Cordero de Dios que viene a sacrificarse y a quitar el pecado del mundo«
”Porque el Rey estaba ocupando el lugar del siervo, del esclavo, del pecador. Porque el Justo estaba entrando en la fila de los culpables. Porque el Santo se estaba colocando donde solo deberían estar los pecadores.
Y ese choque o cambio de roles no es un error, no es una confusión, no es un accidente. Es el corazón mismo del Evangelio. El que debía estar en el trono desciende al agua. El que no tenía pecado se identifica con los que sí lo tenemos. El que da las órdenes se pone en la fila. Y lo hace humilde, servicial y voluntariamente, no porque le corresponda, sino porque ha venido a ocupar nuestro lugar, no solo en la cruz, sino en toda Su Vida
“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?.”
Aquí vemos a Jesús que tiene una firme voluntad, una clara intención; ir hasta el Jordán. Está en Nazaret, y viaja con decisión a la orilla del Río Jordán en un viaje de unos 90-100 km, que duraría entre 4-6 días. Juan entiende el escándalo: “Yo necesito ser bautizado por ti…” Juan reconoce 3 cosas:
- Su trágica condición y su propia necesidad,
- La santidad de Jesús,
- La inversión de roles. Está todo al revés.
La pregunta de Juan es clave: “¿Y tú vienes a mí?”. Yo soy pecador, merezco juicio. Tu eres Santo y Juez, ¿Y eres tú el que das el paso?. Jesús no se bautiza por arrepentimiento, sino por identificación. El Santo entra en la fila de los culpables. Aquí se revela quién es Jesús: No un juez distante, sino un Salvador cercano. Tan cercano que se hace uno de nosotros para identificarse plenamente con nosotros, llegando a sustituirnos
El 20 de febrero de 1945 en la Isla de Iwo Jima, Japón, un marine llamado Jacklyn H. Lucas, de 17 años, vio cómo cayó una granada japonesa en su trinchera, donde había más gente. No había tiempo ni escapatoria. Al grito de “¡Granada!” se lanzó sobre ella, cubriéndola con su cuerpo. La granada no desapareció. Explotó, pero explotó sobre uno solo para que otros vivieran. Lucas recibió toda la metralla, y murió. Los otros soldados vivieron. Recibió la Medalla de Honor.
De la misma manera, Jesús tomó nuestro juicio, nuestra culpa y nuestra muerte para que nosotros viviéramos en ÉL. ÉL no debía estar ahí, en esa fila a la orilla del río Jordán pero eligió estarlo por nosotros. No importa tu pasado, tus fracasos, tu errores, tus caídas o tus secretos. Jesús bajó al agua junto a pecadores. ÉL vino hasta nosotros. NO nos llamó a lo lejos, NO nos mandó a hacer algo. Vino a buscarnos, a encontrarnos y a salvarnos. Jesús se puso en la fila de los culpables, por ti y por mí. Entró en nuestra suciedad, cargó con nuestro juicio, hoy, no tenemos que esperar, no tenemos que limpiar nada, no tenemos que ganar nada, solo tenemos que acercarnos, confiar y vivir en la obra que Él ya hizo.
II. ¿QUÉ HACE JESÚS? (V. 15)
Obedece activamente la voluntad del Padre
En Las Crónicas de Narnia hay una antigua e inquebrantable ley: todo traidor pertenece a la Bruja. No hay negociación. No hay excepción. Edmund ha traicionado. La justicia lo reclama.
Y entonces ocurre lo impensable: Aslan ocupa su lugar. Él se presenta voluntariamente para recibir el castigo que Edmund merece. Es inocente, pero se somete al sacrificio
No discute la ley. No la suaviza. Se pone donde debería estar el culpable.
Eso es Mateo 3:15. Cuando Jesús dice: “Así conviene que cumplamos toda justicia”, está diciendo:“Yo ocuparé el lugar que no me corresponde para que tú no ocupes el lugar que sí te corresponde.” El Jordán es el primer paso de esa sustitución. El Inocente entra en la fila del culpable para que el culpable jamás tenga que enfrentarse solo a la justicia.
Dice el versículo 15 lo siguiente:
“Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.”
Jesús NO dice “Esto es opcional”. Dice “Es necesario”, es apropiado en el Plan Eterno y en soberano designio de Dios. Aquí está el corazón doctrinal: Jesús vive la obediencia que tú y yo no vivimos.
- Obedece la Ley.
- Obedece en lo público.
- Obedece en lo humillante.
Su obediencia no es solo ejemplo, es sustitución. Jesús entra al Jordán como nuestro representante federal. Hermanos, si Jesús solamente debía morir por nosotros, le hubiera bastado haber venido al mundo en Jueves o Viernes Santo para ir directo a la Cruz y sustituirnos, pero no. Además de morir por nosotros, Él debía vivir por nosotros. ÉL desciende al Río por obediencia, por amor. Acaba de dar inicio, el pistoletazo de salida a su ministerio público Cada acto de obediencia suma justicia a nuestra cuenta.
Y aquí entra en escena la doctrina de la Obediencia activa del Señor Jesús: Eso significa que Jesús eligió someterse y cumplir a la perfección, desde la cuna hasta la tumba, desde el pesebre hasta la cruz, desde Belén hasta el Gólgota la voluntad del Padre en cada detalle, no por obligación, sino porque su obediencia nos cuenta a nosotros. Cristo vivió perfectamente, obedeció perfectamente, y esa obediencia nos pertenece. Su vida no fue solo ejemplo; fue sustitución activa, abriendo el camino a nuestra justicia delante de Dios. Jesús, nacido bajo la Ley, no vivió como un extraño en nuestra humanidad. NO fue ajeno a obedecer la Ley y lo hizo perfectamente como nuestro representante.

«Yo voy a cumplir y obedecer por ellos”
“Yo seré el hombre perfecto y obediente que debió ser en su creación”
“Yo voy a conseguir la Justicia que Dios demanda y exige a ellos, y que ellos NO pueden”.
Y por eso…
- Fue circuncidado a los 8 días
- Presentado en el Templo
- Celebró la Pascua desde los 12 años
- Asistió al Templo y a la sinagoga con su familia
- Cumplió los Diez Mandamientos en cada palabra y acción
- Pagó el impuesto del Templo
- Y practicó ayunos y oración según la Ley y las tradiciones judías.
Cada gesto, cada rito, cada acto de su vida, cada acción, cada omisión fue obediencia activa, consciente y voluntaria, para acreditar Justicia para Su Pueblo. Cada paso, cada rito, cada palabra obedecida, fue justicia ganada para ti. NO solo vino a morir y pagar la deuda, vino a vivir y a ganar la justicia, la vida recta y perfecta que no podíamos y que Dios demandó. Cristo sí pudo y lo hizo por nosotros, y esa vida se nos cuenta a nosotros, los que en ÉL creemos. Y lo mejor: esa justicia de Cristo ahora nos pertenece. Es nuestra.
¿Te das cuenta? Cristo ya obedeció perfectamente. ÉL ganó esa perfección. Nosotros debemos vivir en ÉL, descansar en ÉL. Nosotros no tenemos que ganar justicia ni acumular méritos; nuestra tarea es vivir en ÉL, descansar en ÉL y caminar en su victoria, que es la nuestra, que nos pertenece. En ÉL somos más que vencedores. Cada decisión, cada acción, cada pensamiento ahora puede reflejar la vida de Aquel que ya triunfó. No por lo que hacemos, sino por lo que Él hizo, tenemos libertad, aceptación y poder para vivir en santidad hoy mismo.
III. ¿QUÉ LOGRA JESÚS? (Vv. 16-17 )
Abre el camino de la aceptación ante Dios
El otro día vi en Tik Tok un video de un partido de fútbol, donde marcan un gol, y de repente el que estaba grabando el gol, graba a la grada porque hay, al parecer, uno que grita efusivamente “Es mi hijo, ese es mi hijo…” El padre estaba orgulloso de que su hijo hubiera debutado en la selección y que hubiera marcado gol. Estaba declarando públicamente su orgullo. Eso es exactamente lo que Dios hace con Jesús después del bautismo. Cuando Jesús sube del agua y el Espíritu desciende sobre Él, el Padre declara:
“Este es mi Hijo amado, mi predilecto. En Él me complazco y tengo gran gozo. En ÉL sí estoy contento”
Es una declaración oficial, pública y definitiva, que abre el camino para todo lo que Jesús hará.
“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre ÉL. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”
El cielo se abre no cuando Jesús predica, sino cuando obedece. El Padre declara:
“Este es mi Hijo amado.”
Importante saber que esta aprobación del Padre viene antes del desierto, de las tentaciones, antes de los milagros, y antes de la cruz. ¿Sabes qué es lo glorioso? Que estando en Cristo, esa voz también es para nosotros. No porque seamos perfectos, sino porque nos hemos unido a Aquel que sí lo fue. Estamos cubiertos por su justicia, abrazados por su gracia, aceptados en su Hijo. Cuando escuchas: “Este es mi Hijo amado”, recuerda: si estás en ÉL, esa voz resuena para ti también. Tu identidad, tu valor, tu seguridad, tu aceptación vienen de estar unidos a Cristo, y no de tus logros. El bautismo de Jesús nos da identificación, justicia imputada, aceptación ante Dios y el inicio de su misión salvadora. No es solo un ejemplo a seguir; es un acto sustitutorio y redentor que nos abre acceso al Padre.
Él se bautizó por ti, en tu lugar. Entró en la fila de los pecadores, obedeció plenamente y cumplió toda justicia que tú no pudiste cumplir. ¿No vas a responder tú ahora y unirte a Él en obediencia, si aún no lo has hecho? Tu bautismo no te salva, pero es la forma de decir SÍ a Cristo, de mostrar que tu vida ahora pertenece a Aquel que ya vivió y murió por ti.
- El Hijo entra en las aguas, obedeciendo.
- El Padre habla desde los cielo, aprobando
- El Espíritu desciende como paloma y unge, capacitando. Aquí se revela el Dios Trino
CONCLUSIÓN
El Jordán apunta directamente al Calvario.
- En el bautismo, Jesús se identifica con pecadores.
- En su vida, obedece activamente por ellos.
- En la cruz, carga su culpa.
- En la resurrección, les otorga su justicia.
El Evangelio no dice: “Haz lo que Jesús hizo.”Sino: “Confía en lo que Jesús hizo por ti.” ¿Quieres saber y ver con tus ojos lo que Jesús hizo por ti? Si vamos al evento del Bautismo, pero esta vez en el evangelio del médico historiador, Lucas, os lo voy a demostrar. Si nos vamos al capítulo 3 de Lucas vemos algo raro e inusual, y vemos que allí inmediatamente después de que nos narré el Bautismo, está la genealogía, cuando lo normal y lógico es que, como hace Mateo, esté al inicio, al principio. ¿Por qué? El capítulo 3 finaliza diciendo que Jesús es Hijo de Adán, hijo de Dios, ¿Cómo empieza el capítulo 4? Con las Tentaciones. Lucas he metido entre el Bautismo y las tentaciones, la Genealogía de Jesús. Lucas quiere que sepamos y que entendamos esto:
Jesús, como verdadero hijo de Adán, como el segundo Adán, entra en combate directo con Satanás no por sí mismo, sino por todos nosotros. ÉL va como nuestro Representante, a recuperar en obediencia perfecta todo lo que el primer Adán perdió en desobediencia. Jesús, como hijo de Adán, como hombre, debe lograr la victoria, donde cayó, y arrastró a todos nosotros, el primer Adán, pero en un escenario totalmente opuesto.

- Si Adán cayó en un frondoso jardín, con compañía y con todo tipo de alimento
- El 2º Adán, Jesús debe vencer por todos nosotros, en un árido desierto, totalmente solo, y en ayuno y sin alimento
Jesús, inmediatamente después del Bautismo, entró al desierto no como espectador, sino como nuestro Representante. No pelea para demostrarnos algo, pelea por nosotros. El primer Adán perdió la batalla rodeado de bendición; el segundo Adán la gana rodeado de soledad. Y esa victoria no es un ejemplo para imitar, es una justicia para recibir.
Al Primer Adán se le dijo… “¡Con qué Dios os ha dicho…!”. cayó y desobedeció. Y con él, toda la raza de la Humanidad porque él era nuestro representante. Toda la Humanidad caída, separada de Dios y con sentencia de juicio y de muerte. Pero hay buenas noticias. Vino el 2º Adán, y a Él se le dijo… “Si eres el Hijo de Dios…” pero éste no cayó, no tropezó, no desobedeció, y esa es nuestra victoria. Una victoria que firmaría con su sangre, con su vida en la Cruz.
Esa es la vida perfecta que el Padre nos cuenta, nos atribuye, nos imputa a los que creemos en ÉL. Si estás aquí hoy y nunca lo has recibido, escucha bien: ÉL ya se puso en tu lugar, ya llevó tu juicio, ya ganó la vida perfecta que tú no podías vivir. Todo eso está a tu disposición, si crees en Él y lo aceptas. Hoy, como nunca antes, tienes delante de ti la invitación de Dios: acercarte a Cristo, confiar en su obra y recibir la vida que Él ganó por ti. No dejes pasar esta oportunidad: tu salvación, tu perdón, tu justicia y tu nueva vida están en ÉL. En Cristo, sólo en Cristo. ÉL se humilló por ti. Él obedeció por ti. Él cargó tu culpa. Él ganó tu justicia. Hoy, Él te llama a descansar en su victoria. ¡Confía en Cristo! ¡Vive en Él!, ¡Recibe la vida que Él ganó por ti!
- El que no debía estar allí, estuvo allí por ti.
- El que no tenía pecado, cargó tu culpa.
- El que venció la desobediencia, te da su justicia.
ÉL no solo quitó nuestro pecado, porque eso nos habría dejado simplemente en cero, en un estado neutral. ÉL fue más allá: nos hizo justos, imputándonos Su propia justicia. Cristo cumplió toda justicia, obedeciendo cada letra y cada tilde de la Ley, no por necesidad propia, no por ÉL ni para salvarse ÉL, sino en lugar nuestro y a favor nuestro, para salvarnos a nosotros.

[…] EL BAUTISMO DE JESÚS (MATEO 3:13-17) […]