Estos días hemos sido testigos, a nivel nacional e internacional, de lamentables hechos ocurridos en mi tierra, concretamente en Torre Pacheco, Murcia. Violencia por diversión, violencia organizada, violencia verbal, física e institucional. Violencia política. Hemos asistido a horas y horas de odio desmesurado, de políticos achacándose y culpándose unos a otros, vecinos enfrentados, motivados por el hartazgo, odio, racismo o, simplemente, por la tensa polarización que padecemos desde hace unos años.
1.- Y nosotros, como cristianos… ¿Qué debemos hacer?, ¿Cuál debe ser nuestra respuesta?
En medio del campo de batalla en el que se ha convertido Torre Pacheco, Mateo 5:9 resuena con mayor fuerza que nunca. Estamos llamados a ser pacificadores, enviados y promotores de la concordia, anunciadores de las buenas nuevas que traen paz y reconciliación y luminares que irradian la luz de Cristo (Rom. 1:16). Sólo así glorificaremos a Dios. Sólo así podrán ver, notar, percibir y conocer el mensaje de Dios (Mt. 5:16)
“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”
El Evangelio construye puentes como ya fue en el apartheid de Sudáfrica (1948-1994) , el genocidio de Ruanda (1994), las tensiones en Irlanda del Norte entre católicos o protestantes o la esclavitud y racismo en EEUU. O simplemente el conflicto bíblico entre judíos y gentiles. Fue el mensaje de la Cruz. Fue el Crucificado. Fue el Evangelio. Una sociedad rota por el odio, debe ser, pacientemente cosida con el hilo del evangelio.
El mundo grita: «¡venganza!». La cruz susurra: «Padre, perdónalos»
Como iglesia de Cristo, NO podemos ni debemos ser cómplices ni agitadores del odio, sino al contrario, embajadores de paz que ruega a la reconciliación con Dios (2ª Cor. 5:18-20) con pasión y compasión. Asimismo debemos orar fervientemente, no sólo por las personas enfrentadas, sino por las autoridades que con más desacierto que, acierto a veces, se conducen en éstas situaciones (1ª Tim. 2:1-2). Igualmente, como un embajador o ministro exterior, proclamamos un Reino muy superior a todo reino terrenal conocido y por conocer, en el cual toda persona sin distinción racial o étnica (Dios ha implantado su imagen en todos y cada uno de nosotros) tiene cabida y entrada siempre y cuando se someta en fe obediente al Rey. Un Rey que murió por nosotros, que se entregó al odio, al rechazo, a la violencia y a la muerte para, precisamente, evitar que nosotros pasásemos por eso.
Si bien es cierto que la Perfecta, inamovible e inalterable Justicia de Dios difiere mucho de la nuestra, nuestra lucha, denuncia o reivindicación no debe ir precedido por venganza o revancha, sino por el amor y la verdad
Romanos 12:17-21 «NO paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.»
Así debemos responder a la injusticia que estando viendo, con la Palabra de Dios, confiando en Su Justicia, Su Providencia y el Poder transformador del bien que se nos exige a nosotros, hijos de Dios (Jn.1:12-13)

Hoy, debemos mirar mayormente en Cristo, pero además ÉL nos ha regalado a la Iglesia, ejemplos como el pastor luterano y opositor a A. Hitler, Dietrich Bonhoeffer en la Alemania Nazi.
- Que NO pagó a nadie mal por mal; procurando lo bueno delante de todos los hombres.
- Que levantó la Biblia en medio de la confusión, el caos, la violencia, la rabia, el terror y el miedo. Fue una de las épocas más oscuras del ser humano, sin duda.
- Que no calló la verdad jamás, aunque le supusiera castigo, persecución, ostracismo o la muerte. Famosa fue su frase en El Costo del Discipulado, «La gracia verdadera cuesta la vida…»
- Que iluminó, irradió y contagió a otros.
Donde otros levantan piedras de odio, nosotros levantamos la Palabra de vida.
Un cristiano maduro sabe, o debiera saber, que realmente la raíz del problema no es la ideología, la política, la creencias o el pensamiento humano, sino el corazón huérfano del amor de Dios, que busca de manera egoísta llenarse a su antojo y capricho. NO se trata de circunstancias externas como, ingenuamente creemos, sino de una principal fuente interna donde abundan pasiones desordenadas, codicia, envidia, egolatría, envidia y ambición. Dicho de otra manera, el conflicto interno del ser humano con respecto a Dios su Creador, tiene su eco y se manifiesta o evidencia en un conflicto entre iguales, entre personas.
Santiago 4:1-2 «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?, ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”
Marcos 7:21: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos…”
Las guerras o conflictos no comienzan en el campo de batalla, sino en el corazón humano, y solo el Evangelio de Cristo, y este crucificado, puede cambiar, transformar, revivir ese corazón y traer paz verdadera.
Solo la cruz de Cristo puede desarmar el odio y reconciliar lo irreconciliable

Este devocional estaría totalmente incompleto sin un llamado al arrepentimiento y un compromiso con la única y absoluta verdad, Cristo. La justicia de Dios les acecha y es el perdón de Dios el que necesita, más que el de su rival y opositor político. Ellos andan de espaldas con respecto a un Dios que; sepan o no, quieran o no, enfrentarán al cerrar los ojos en esta efímera vida. Lo glorioso y maravilloso es que ese Dios ha enfundado su arma, y extiende continuamente su mano para recibirles y abrazarles.
Dios, a estos políticos y gobernantes, les ha concedido una autoridad delegada para obrar justamente, garantizando la paz, el amor, la concordia y la convivencia.
Isaías 10:1 «Ay de los que decretan leyes injustas…»
En definitiva, para finalizar, NO nos cansaremos de decir que en un mundo totalmente dividido y polarizado, Cristo es nuestra paz (Ef. 2:14). No una paz, sino la paz. Y el mensaje del Evangelio de la cruz es el medio, el puente para alcanzarla y traer reconciliación. Judíos y gentiles, inmigrantes o autóctonos, españoles o extranjeros, rico o pobre, conservador o progresista, de derechas o de izquierdas…
TODOS PERECERÁN SIN CRISTO.
TODOS NECESITAN A CRISTO.
