Seguimos serie de predicaciones acerca de 1ª de Reyes. Desde el inicio del primer libro de los Reyes, el reino pasa de David a Salomón, a quien Dios concede sabiduría y establece en paz y prosperidad, consolidando su gobierno. En ese contexto de estabilidad y favor divino, Salomón emprende y culmina la construcción del templo, preparando así la gran dedicación narrada en el capítulo 8. Hoy nos adentramos en 1ª Reyes 8.
Estamos en el año 960 a.C. Israel está viviendo uno de los momentos más solemnes de su historia. Uno de los momentos más importantes de todo el Antiguo Testamento.
Después de siglos de promesa, de desierto, de guerras y de un reino que apenas empieza a consolidarse, el templo que David había deseado construir finalmente ha sido levantado por su hijo, el rey Salomón, quien tiene en torno a unos 30 años. El pueblo se reúne en Jerusalén para presenciar algo que nunca había ocurrido: la dedicación del Templo del Señor.
No es solamente inaugurar o estrenar. Es mucho más. Es consagrarlo, apartarlo para Él. Es declarar que Dios ocupa el centro de todo. Reconocerlo como Señor. Que ellos le pertenecen a Él.
Han tardado 7 años en edificarlo, en levantarlo. El arca del pacto es trasladado desde el tabernáculo e introducida en el lugar santísimo, y la gloria de Dios llena la casa de tal manera que los sacerdotes no pueden permanecer allí para ministrar. En medio de la celebración, Salomón levanta su voz en oración. Y en esa oración no solo dedica un edificio; expone una profunda teología sobre:
- Quién es Dios,
- Cómo se relaciona con su pueblo,
- Y qué ocurre cuando el pueblo peca, se arrepiente y clama a Él.
El templo no era simplemente un edificio religioso. Era el símbolo de la presencia de Dios entre su pueblo, el lugar hacia el cual Israel miraría cuando necesitara misericordia. Todo el pueblo, la nación, se jactaba de él. Se enorgullecían de él. De hecho, una de las acusaciones que manipularon para clavar a Jesús en una cruz era la de que destruiría el templo. Es más, una vez en el monte de los Olivos sus propios discípulos le señalaban el templo con admiración, como diciendo:
“¡Mira qué grandeza!”
¿Sabéis qué les dijo Jesús?
I.- TEMPLO GLORIOSO PERO LIMITADO (8:1–13)

Voy a resumir brevemente los primeros 13 versículos.
Imagina que vas a la playa, a Mazarrón, y llenas una botella con agua del mar, y dices:
“Aquí tengo el mar. El mar Mediterráneo.”
Es en parte una verdad, pero también es ridículo. La botella contiene agua del mar Mediterráneo, pero el mar Mediterráneo no cabe en la botella. Eso le pasó a Salomón cuando vio el templo y se puso a orar: El Templo contenía la presencia real de Dios, pero Dios no cabía en el templo. El Templo era verdadero, pero era solo un anticipo, un destello.
“Entonces Salomón reunió en Jerusalén a los ancianos de Israel, a todos los jefes de las tribus y a los principales de las familias del pueblo, para hacer subir el arca del pacto del Señor desde Ciudad de David, que es Sion, hasta el templo.
Y todos los hombres de Israel se congregaron ante el rey en la fiesta solemne (Salomón esperó casi 1 año para que la dedicación al templo coincidiera con la fiesta nacional de los Tabernáculos, y darle mayor honor y solemnidad. Sabía que todos irían a la capital. ¿Qué mejor momento que hacerlo ese día?).
Vinieron todos los ancianos de Israel, y los sacerdotes tomaron el arca del Señor, juntamente con el tabernáculo de reunión y todos los utensilios sagrados que estaban en él, y los hicieron subir.
El rey y toda la congregación de Israel que se había reunido con él sacrificaban delante del arca ovejas y bueyes, tantos que no se podían contar ni numerar.
Luego los sacerdotes introdujeron el arca del pacto del Señor en su lugar, en el lugar santísimo de la casa, bajo las alas de los querubines, que extendían sus alas sobre el arca y la cubrían (Salomón hace lo que ningún hombre antes pudo: llevar el arca del pacto a su lugar definitivo).
Y dentro del arca no había nada sino las dos tablas de piedra que Moisés había puesto allí en Horeb, cuando el Señor hizo pacto con los hijos de Israel al sacarlos de Egipto.
Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, una nube llenó la casa del Señor, de manera que los sacerdotes no podían permanecer para ministrar por causa de la nube, porque la gloria del Señor había llenado la casa (no era el oro, tampoco la niebla o humo que muchas iglesias hacen, era la presencia tangible y la gloria de Dios. La liturgia se detiene. Los cánticos se callan. Los ministros retroceden… ahí está el trono de Dios. Es Dios mismo diciendo: Yo estoy aquí).
Entonces Salomón dijo:
“El Señor ha dicho que habitaría en la oscuridad; ciertamente te he edificado casa por morada, lugar en que habites para siempre.” (Inmediatamente decir esto, y Salomón entendió algo eterno: el Dios infinito no cabe en templos humanos, pero decide habitar donde es adorado).
La escena es solemne, majestuosa, gloriosa: El arca entra en el templo y la nube de la gloria de Dios inunda y llena la casa. Dios habita con Su Pueblo. La promesa del Éxodo encuentra continuidad.
No importa lo grande de nuestra obra, de nuestro edificio, de nuestro servicio o de nuestras reuniones: si Dios no está… todo es vacío.
El templo nos recuerda la gloria de Dios llena donde Él es adorado, no donde el hombre se jacta. Él decide habitar donde hay fe, arrepentimiento y adoración sincera. Y Él quiere morar y habitar en tu vida. En Salomón dedicando el templo en Jerusalén… Israel celebra que Dios ha puesto:
- Su nombre,
- Su gloria,
- Su trono,
- Su presencia allí.
Pero el propio Salomón reconoce algo sorprendente:
“Los cielos, los cielos de los cielos no te pueden contener…” (1 Reyes 8:27).
Es decir: Dios acepta el Templo, pero Dios no cabe en un templo. Ahí aparece la tensión del texto: ¿Cómo puede el Dios infinito habitar entre pecadores?
Ese es el gran problema que domina todo el capítulo. La tensión: Dios está presente… pero sigue siendo inaccesible. La gloria llena el edificio, pero no queda contenida en él. Es un templo glorioso, pero limitado. El templo es real, glorioso… pero provisional. Apunta a algo mayor.
Debemos ver este episodio en el contexto de toda la salvación, de todo el plan de Dios y cómo Él lo va trazando, guiando y desplegando de manera progresiva en la historia de la humanidad. Como un pergamino, un rollo que ante nuestros ojos se va abriendo y desplegando poco a poco.
Desde Génesis, Dios caminaba con Adán y Eva; su presencia era vida y comunión. El pecado quebró la relación, pero Dios prometió restaurarla, señalando la simiente que vencería el mal. En Noé y el Arca, su presencia protegía y guiaba, mostrando que donde Él mora hay salvación. Con Abraham, Dios despliega su plan paso a paso, enseñando que su morada se cumple en obediencia y fe. Durante el Éxodo, Él guía a Israel en la columna de nube y fuego; en el tabernáculo, su gloria habita en medio del pueblo. Con David, el Arca descansa en Sion, recordando que Dios busca morar entre los hombres.
En 1 Reyes 8, Salomón inaugura el templo la nube llena la casa, la gloria de Dios desborda; Su morada no es obra humana, es su decisión soberana de estar en medio de su pueblo. Y en este punto nos encontramos… Pero Dios siguió revelándose de manera gradual, progresiva.
II.- LA FIDELIDAD DE DIOS AL PACTO DAVÍDICO (8:14–26)
Imagina a un padre que promete a su hijo pequeño:
“Un día este negocio será tuyo.”
El padre trabaja durante años, construye la empresa, levanta el edificio y finalmente entrega las llaves al hijo. Pero el hijo comienza a tomar malas decisiones, administra mal, muy mal y casi arruina todo. Sin embargo, el padre no abandona su promesa. Interviene, corrige, disciplina y sigue trabajando para que la empresa no desaparezca. ¿Por qué? Porque su promesa no dependía solo del hijo, sino de la fidelidad del padre. Voy a parafrasear los versículos 14–26.
“Entonces el rey Salomón volvió su rostro y bendijo a toda la congregación de Israel, mientras toda la congregación estaba en pie (se pone delante del altar, levanta sus manos y ora).
Y dijo: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que con su mano ha cumplido lo que habló con su boca a David mi padre, diciendo que desde el día en que sacó a su pueblo de Egipto no había escogido ciudad entre todas las tribus de Israel para edificar casa donde estuviera su nombre, sino que escogió a David para que estuviera sobre su pueblo Israel.
Y David mi padre tuvo en su corazón edificar casa al nombre del Señor, Dios de Israel. Pero el Señor dijo a David mi padre: “Por cuanto estuvo en tu corazón edificar casa a mi nombre, bien hiciste en tenerlo en tu corazón; sin embargo, tú no edificarás la casa, sino tu hijo, el que saldrá de tus lomos, él edificará casa a mi nombre.”
Y el Señor ha cumplido su palabra que había dicho, pues yo me he levantado en lugar de David mi padre y me he sentado en el trono de Israel, como el Señor lo había prometido, y he edificado casa al nombre del Señor, Dios de Israel.
Y he puesto allí lugar para el arca, en la cual está el pacto del Señor que él hizo con nuestros padres cuando los sacó de la tierra de Egipto.
Después Salomón se puso delante del altar del Señor, en presencia de toda la congregación de Israel, extendió sus manos al cielo y dijo:
“Oh Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú, ni arriba en los cielos ni abajo en la tierra, que guardas el pacto y la misericordia a tus siervos que caminan delante de ti con todo su corazón; tú que has cumplido lo que prometiste a tu siervo David mi padre; lo dijiste con tu boca y con tu mano lo has cumplido, como sucede en este día.
Ahora pues, Señor, Dios de Israel, cumple también a tu siervo David mi padre lo que le prometiste (aquí ya no habla en pasado, aquí habla en futuro. “Señor continúa siendo fiel. Mantén la promesa”), diciendo que no faltaría varón de su descendencia que se siente en el trono de Israel, con tal que sus hijos guarden su camino andando delante de ti como él anduvo.
Ahora pues, Dios de Israel, cúmplase la palabra que dijiste a tu siervo David.”
Dios es fiel. Él cumple lo que promete.
1.- Primero recuerda la promesa que Dios hizo a David.
2.- Luego afirma que Dios ya empezó a cumplirla: él, quien es hijo de David, mismo está en el trono y el templo está construido.
3.- Finalmente ora para que Dios continúe cumpliendo la promesa respecto a la descendencia de David.
Y Salomón interpreta el evento: Dios ha cumplido lo que prometió a David. Lo repite varias veces en estos versículos. Dios prometió a David:
- Un trono
- Un linaje
- Un hijo que edificaría casa a su nombre.
Y aquí está el cumplimiento. La frase clave se repite varias veces:
“Lo que habló con su boca lo ha cumplido con su mano.”
Hermano, Dios nunca promete algo que no cumplirá. Y nosotros tenemos un Dios digno de confianza. No confíes en mí. Te puedo fallar. Confía en Él. Aquí está el corazón del capítulo: Dios es fiel a su palabra. Pero atención: cuidado. El pacto davídico tiene una condición para los hijos de David (v. 25).
1R 8:25 “Ahora, pues, Jehová Dios de Israel, cumple a tu siervo David mi padre lo que le prometiste, diciendo: No te faltará varón delante de mí, que se siente en el trono de Israel, con tal que tus hijos guarden mi camino y anden delante de mí como tú has andado delante de mí.”
¿Y qué ocurre después?, ¿Qué pasa? Solo hay que ver la historia de Israel. Del pueblo, de sus reyes… Fracaso tras fracaso. Salomón terminó en idolatría. Muchos reyes llevaron al pueblo a la corrupción. Finalmente el reino colapsó y llegó el exilio.
- Reino Norte en 722 a.C. por los asirios.
- Reino Sur en 586 a.C. por Babilonia.
Hemos leído en los versículos finales que Salomón pide por ese descendiente del rey David prometido, aquel que se sentará en el trono. Salomón inaugura la gloria, pero no puede garantizar la fidelidad perpetua. La historia avanza porque Dios cumple lo que promete. Él sí es fiel. Pero aparece una condición: El linaje permanecerá si los hijos de David obedecen. El pacto revela una necesidad Israel necesita:
- Un hijo de David que no falle
- Un rey perfecto
- Un mediador definitivo.
Aquí el texto empieza a generar expectativa. Si la promesa depende de reyes obedientes… ¿qué ocurre cuando todos los reyes fallan? No basta con un rey sabio. No basta con un majestuoso edificio, el Templo. Hace falta un rey perfectamente obediente. ¿Os dais cuenta cómo todo nos va llevando a Jesús? Nos empuja inevitablemente a ÉL.
III.- LA ORACIÓN QUE ANTICIPA EL FRACASO (8:27–53)

Un día, hace 5 o 6 años, escribí una carta a la Casa Real, pensando que jamás me contestarían. Pensaba:
“Un rey tan ocupado como Felipe VI, ¿cómo podría detenerse a estas cosas?”
“¿Cómo van a perder su tiempo en contestarme?”
Semanas después, llegó a mi casa un sobre de la Casa Real, con una foto dedicada y firmada del rey… y una carta respondiendo a la mía. No había hecho nada extraordinario; simplemente escribí con sinceridad y confianza. Eso es exactamente lo que vemos en 1 Reyes 8:27–53: Salomón recuerda que Dios no puede ser contenido en un templo, que los cielos de los cielos no lo abarcan, y aun así, Dios escucha al pecador arrepentido cuando ora.
Yo pensé que nadie leería mi carta… pero el rey respondió. Así es Dios: Tan grande que todo lo abarca y nada lo contiene. Tan cercano que escucha tu oración y responde con misericordia. Voy a resumir los versículos.
“27 Pero ¿morará verdaderamente Dios en la tierra? Los cielos no le pueden contener; menos esta casa que he edificado.
28 Con todo (aún así, a pesar de que trasciende de todo lo creado), oye la oración de tu siervo y su ruego, oh Jehová Dios mío.
29 Estén tus ojos abiertos sobre esta casa día y noche; oye la oración hecha en este lugar.
30 Oye desde los cielos y, al oír, perdona.
31–32 Si alguno peca contra su prójimo y jura ante tu altar, tú oirás y juzgarás con justicia.
33–34 Si tu pueblo es derrotado por pecar y se vuelve a ti, confiesa tu nombre y ora, tú oirás, perdonarás y los restaurarás.
35–36 Si los cielos se cierran y no hay lluvia por su pecado, pero oran y se apartan del mal, tú oirás, perdonarás y enviarás lluvia.
37–40 Si vienen plagas, hambre o enfermedad, y cualquiera reconoce la llaga de su corazón y ora hacia esta casa, tú oirás, perdonarás y darás a cada uno conforme a sus caminos.
41–43 También el extranjero que invoque tu nombre, cuando ore hacia esta casa, tú oirás, para que todos los pueblos conozcan tu nombre.
44–45 Si tu pueblo sale a la batalla y ora a Jehová, tú oirás su oración y les darás la victoria.
46–50 Si pecan contra ti (porque no hay hombre que no peque) y son llevados cautivos, pero se arrepienten de corazón en tierra enemiga y oran vueltos hacia esta tierra y esta casa, tú oirás desde los cielos, perdonarás y les darás compasión.
51–53 Porque son tu pueblo y tu heredad, que sacaste de Egipto; atiende su clamor, pues los apartaste para ti entre todas las naciones.”
Salomón se ha dado cuenta. Comienza con una afirmación sorprendente:
“¿Pero es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener…”
Dios no está limitado a lugares. Ni la liturgia o la religión encierra a Dios. Es un error pensar: vamos a la iglesia, allí está Dios. Pero al salir, ya no está. No.
La oración de Salomón repite un patrón constante: cuando pequen… Especialmente impactante es el versículo 46:
“No hay hombre que no peque.”
- Cuando sean derrotados… por pecar.
- Cuando haya sequía… a causa del pecado.
- Cuando estén en cautiverio… por el pecado.
Entonces: “Si se vuelven a ti… y oran hacia este lugar… escucha y perdona.”
Salomón reconoce algo fundamental:
El mayor problema del pueblo no es la guerra, ni la sequía, no son las naciones enemigas. Es el pecado. Pero la oración también revela la gracia de Dios: Si el pueblo se arrepiente y vuelve a Dios, Él escucha y perdona. El Templo era el lugar hacia el que el pecador miraba buscando misericordia. Pero el Templo tenía una limitación enorme:
- Sacrificios repetidos
- Sacerdotes imperfectos
- Perdón que señalaba, que apuntaba a algo mayor.
Todo esto evidencia un pacto condicionado. Apuntaba hacia adelante, a un mejor pacto; un pacto firme, eterno y perfecto. Este es el punto más profundo teológicamente. Salomón dedica el templo… pero su oración está continuamente llena, infestada de pecado. Es impresionante: en el día de mayor gloria, día más sublime y más importante, ya se anticipa el exilio. El templo no elimina el pecado. El sistema sacrificial no cambia el corazón. Y Salomón repite una frase:
“Oye tú desde los cielos…”
Hay continuamente pecado. El perdón no se encuentra en ese edificio. El perdón viene del cielo. Este capítulo anticipa:
- El fracaso de Israel
- El exilio
- La necesidad de restauración
- Un mediador mayor
- Un sacrificio más grande y más eficaz
- Un sacerdote mejor.
El templo no es el final. Es un puente. Un medio para llegar al final que nos señala y dirige a ese final.
Recuerdo hace algunos años en una iglesia que estaba en un polígono industrial en Molina de Segura. Allí estaba haciendo un seminario intenso de un fin de semana. Cuando se me acercó una mujer que afirmaba ser la pastora y me invitó a ir con ellos a celebrar en esa iglesia la fiesta de Tabernáculos. Era la tienda o santuario portátil donde Dios habitaba en medio de Israel durante ese peregrinaje hasta llegar a la tierra prometida.

Lo de que no existen pastoras y que es antibíblico me lo callé para no tensar la situación, pero sí le dije lo siguiente:
-“¿Tienes carnet de conducir?”
Dijo que sí.
-“¿Tendría sentido apuntarse e ir todos los días a la autoescuela?”
Me dijo que no.
-“¿Qué sentido tiene para un cristiano que tiene toda la revelación completa celebrar Tabernáculos cuando eso fue una parte determinada para Israel?”
No le gustó mucho. Lo dice Colosenses 2. Todo eso eran sombras de lo que vendría, de la realidad. Eran señales pedagógicas, no era el destino final.
Celebrar las sombras cuando ya ha venido la realidad es como seguir abrazando el plano de una casa cuando ya estás viviendo dentro de ella. Luego llamó a mi pastor por mi osadía y mi pastor me lo hizo saber, aunque me dio la razón.
EL DESENLACE (8:54–66)
Voy a resumir los últimos versículos de este capítulo 8 de 1ª Reyes; desde el versículo 54 hasta el 66.
“Cuando Salomón terminó de orar delante de Jehová, se levantó del altar donde estaba de rodillas con las manos extendidas al cielo, y bendijo en voz alta a toda la congregación de Israel.
Declaró: Bendito sea Jehová, que ha dado reposo a su pueblo conforme a todo lo que prometió; ninguna de sus palabras ha faltado de las que habló por medio de Moisés.
Pidió que Dios esté con ellos como con sus padres, que no los deje ni desampare, y que incline su corazón para que anden en sus caminos y guarden sus mandamientos.
Rogó también que su oración esté delante de Dios continuamente, para que Él haga justicia a su siervo y a su pueblo cada día, y para que todos los pueblos sepan que Jehová es Dios y que no hay otro.
Exhortó al pueblo a tener un corazón perfecto para con Jehová, andando en sus estatutos.
Después el rey y todo Israel ofrecieron muchos sacrificios a Jehová y dedicaron el templo.
Celebraron la fiesta delante de Dios durante catorce días con una gran congregación de todo Israel.
Finalmente, el rey despidió al pueblo, y ellos volvieron a sus casas alegres y gozosos por todo el bien que Jehová había hecho a David y a Israel su pueblo.”
Salomón ha terminado la oración de dedicación. Ha mirado hacia atrás y ha visto que Dios ha cumplido todo. Hace un llamado a tener un corazón perfecto y recto.
En este capítulo hemos visto que…
- Hay celebración
- Hay fiesta
- Hay júbilo y gozo
- Hay alegría nacional.
Pero la gran pregunta es: ¿cómo puede Dios perdonar al culpable sin dejar de ser justo?
1 Reyes 8 nos muestra:
- Un templo glorioso → pero limitado
- Un rey mediador, como Salomón → pero imperfecto
- Un pacto firme → pero condicionado
- Un pueblo gozoso → pero inconstante, rebelde y pecador
Todo el capítulo clama: hace falta algo definitivo.
1.000 años después… Mil años de reyes… mil años de pecados… mil años de sacrificios que nunca pudieron quitar el pecado. El templo seguía en pie, los altares seguían encendidos, los sacerdotes seguían ofreciendo sangre. Pero el corazón del hombre seguía igual.
Y de repente, en el lugar donde Salomón había dedicado el templo, en el lugar donde generaciones habían mirado buscando misericordia, en el lugar donde la gloria había llenado la casa… se vuelve a abrir el telón de la historia.
El Templo sigue en pie. Los sacerdotes siguen ofreciendo sacrificios. El humo de los altares sigue subiendo al cielo. Pero algo está a punto de suceder.
Un hombre se pone en pie… en medio del templo. No es sacerdote como tal, pero sí. No es levita. No es uno de los guardianes del santuario. Y delante de todos, pronuncia unas palabras que sacuden Jerusalén y dejan a todos sin aliento:

“Os digo que uno mayor que el Templo está aquí. Destruid este Templo… y en tres días lo levantaré.”
Un silencio recorre el atrio. ¿Cómo puede alguien decir algo así?, ¿Destruir el majestuoso Templo? ¿Levantarlo en tres días?
- No hablaba de piedras.
- No hablaba de columnas.
- No hablaba de oro ni ornamentos.
Hablaba de Él mismo. Porque el verdadero templo no era un edificio. El verdadero templo era Cristo. Como si dijera:
“Todo lo que este templo señalaba… se cumple ahora en mí.”
La revelación progresiva ha llegado al clímax. En Edén Dios habitaba con su pueblo. Luego, por el pecado vino: altar, del altar al Tabernáculo, del Tabernáculo al Templo, del Templo a Jesús.
En Cristo: Dios habita entre nosotros. Es uno de nosotros. Dios se acerca al pecador como nunca antes. Dios escucha la oración con oídos humanos.
- Adán falló.
- Noé falló.
- Abraham falló.
- La nación de Israel falló.
- Salomón falló.
- Todos los reyes de su linaje fallaron.
- Los profetas fallaron.
El majestuoso y hermoso Templo fue insuficiente. Los sacrificios no podían limpiar el pecado. La ley no podía salvar. Pero Cristo fue perfectamente fiel. Él obedeció donde todos desobedecieron. Él ofreció un sacrificio suficiente para siempre. Él inauguró un templo vivo, y la gloria de Dios habitó en Él. Hoy el mensaje de 1ª Reyes 8 no es: Mira hacia Jerusalén. Mira el templo.
El mensaje hoy es: Mira a la cruz. Porque el templo apuntaba a Cristo, el verdadero templo de Dios, en quien habita corporalmente la plenitud de la Deidad (Col. 2:9). Los sacrificios apuntaban a Cristo, quien realizó un único, perfecto y suficiente sacrificio. La misericordia pedida por Salomón se cumple en Cristo.
En la cruz, Dios mismo se hizo:
- Sacrificio perfecto, que quita todo pecado
- Mediador fiel, que reconcilia a Dios y al hombre
- Templo vivo, donde habita la plenitud de la gloria de Dios
- Rey eterno, que cumple el pacto de David a la perfección
- Camino seguro, que abre acceso directo al cielo
- Luz que nunca se apaga, para todos los que creen
Todo lo que los altares señalaban, todo lo que la ley exigía, todo lo que la gloria llenaba en piedra, se cumple en Cristo. Hoy, si confiesas tu pecado y lo reconoces como Señor, Él te perdona, te limpia y te da vida eterna.
- No hay otro camino.
- No hay otra esperanza.
- No hay otro nombre.
¡Cristo basta!
El Templo de Salomón fue glorioso, pero quedó atrás. Cristo fue el verdadero Templo, donde Dios habitó entre los hombres. Y ahora, por medio del Espíritu Santo, Dios quiere hacer algo aún más asombroso: habitar y morar dentro de ti. Dios ya no busca templos de piedra, busca corazones rendidos. La pregunta final no es dónde está el templo… la pregunta es si tu corazón está abierto para que la gloria de Dios habite en él. si hoy te aferras a Cristo por la fe, el templo donde Dios decide morar… ya no es Jerusalén. Eres tú.

Deja una respuesta